Una cena de negocios

Cerré la puerta del auto y no me volví a mirar. Acababa de fastidiarme yo sola. ¿Cómo le diría a Jason que tenía una cita con otro hombre? Dorian era absolutamente encantador, de todas las maneras posibles, su belleza, su seguridad, su forma de comportarse, de moverse. Jamás había conocido un hombre así, y sin dudas, me encantaba y deslumbraba. Pero era más como admirar algo que sabes que jamás vas a tener. Algo imposible, un ideal. Me sentí estúpida durante toda la clase. Dorian no salía de mi cabeza, no conseguía pensar en otra cosa y mucho menos concentrarme en algo más que no fueran sus ojos, su mirada, su voz, su aroma… de repente caí en cuenta de la realidad, era solo una fantasía, un cuento, como una novela de Jane Austen, el hombre fascinante y rico que se fija por un minuto en la pobre hija del campesino. Pero a diferencia de las novelas del siglo XIX, esto era la vida, y sabemos que no existen los cuentos de hadas, ni los finales felices.

Daban casi las 7pm. Temprano le había mandado un mensaje a Jason, avisándole que tenía una cena de trabajo, que mi profesor me había conseguido un concierto privado. Por supuesto se alegró mucho al oírlo y me deseó la mayor de las suertes. No podía sentirme peor, pero me convencí que era la verdad. Sólo iba por eso, sabía muy bien, que nada más podía querer Dorian Archibald de mí. Pero ¿Qué quería yo de él?

Su auto estaba ahí, esperándome, él no se bajó. Subí y dejé mis cosas atrás.

 —Hola pequeña. ¿Cómo ha estado la clase?

 —Difícil.

 —Lamento oírlo. ¿Problemas de concentración?

 —Tienes demasiada fe en ti mismo ¿No?

 —Ni te imaginas —respondió guiñándome un ojo.

 —Espero que no me lleves a ningún restaurante ostentoso, no estoy vestida para la ocasión.

 —Ya había pensado en eso pequeña, no debes preocuparte. Haremos una breve parada antes de cenar —dijo mientras ponía una mano sobre mi muslo. Inmediatamente su toque captó mi atención, pero sabía que debía detenerlo.

 —Dorian… quedamos en que eran negocios, si mal no recuerdo —contesté, mientras sacaba con delicadeza su mano de mi pierna. Él sólo respondió con una sonrisa enloquecedora.

Nos detuvimos en una tienda de lujo sobre la 5th avenida. Dorian bajó del auto y me ofreció su mano. Tomándola me condujo al interior.

 —¡Señor Archibald! Tanto tiempo sin verlo —se desvivía en atenciones una mujer de edad media, muy elegante y refinada.

 —Hola Susan ¿Cómo has estado?

 —Muy bien Señor. ¿Y usted?

 —Muy bien, gracias. Susan ella es la señorita Clark, tenemos un compromiso y necesito que este perfecta.

 —Encantada Señorita Clark, enseguida me ocupo de usted. Por favor sígame —me guió hasta un probador en la parte trasera de la tienda, que era más grande que mi habitación —Quítese la ropa, enseguida regreso.

La mujer abandonó el probador y yo me quedé aún atónita. ¿Qué diablos era todo eso? ¿Acaso pensaba que yo era su muñeca personal? ¿Que podía decirme qué usar y qué no? Debe ser una broma… pensé en mi interior. Oía a Dorian hablar con la mujer, pero no llegaba a distinguir lo que decían. Me quité la ropa despacio, aun pensando porqué lo estaba haciendo.

Pero Dorian Archibald me intrigaba, me desconcertaba, me intimidaba, y, aun así, no podía alejarme de él.

Golpearon la puerta del probador y la mujer entró cargando un perchero con varios vestidos en distintos colores y zapatos.

 —El Señor Archibald ha aprobado estos, quiere ver cómo te lucen —dijo la mujer mientras acomodaba las prendas.

 —¿Cómo?

 —Pruébatelos y sal, si necesitas ayuda, avísame, me daré la vuelta para que te cambies tranquila.

Puse los ojos en blanco, sin lugar a dudas, me había convertido en su modelo personal. Por unos segundos la idea me gustó, que Dorian quiera verlos en mí, significaba que de alguna manera yo le atraía.

Tomé un vestido azul, entallado, por encima de la rodilla y con escote cuadrado y los zapatos negros que lo acompañaban, me los puse, mientras pensaba divertida en un show de moda privado, justamente yo, que no tengo idea de la moda.

 —Sal para que te vea pequeña —dijo Dorian con voz demandante al otro lado. Puse los ojos en blanco y salí. Estaba sentado en un sillón amplio justo en frente del probador, sus piernas cruzadas y uno de sus brazos descansaba sobre su muslo, mientras la otra sostenía su mentón, y se apoyaba en el brazo de él.

 —Vamos, no seas tímida, eres hermosa Sam, déjame verte —inquirió con encanto en su voz.

Con la mirada baja por la vergüenza, caminé lentamente hacia él y me detuve a escasos pasos. No tenía el valor de levantar la vista y mirarlo a los ojos.

 —¿No se ve preciosa Señor Archibald? —interrumpió la vendedora, haciéndome levantar la cabeza.

 —Absolutamente bella —respondió. Sus ojos me miraban con deseo y fui absolutamente consiente de eso. Me ruboricé en respuesta—. Pero no es el vestido, prueba el siguiente pequeña.

Volví al vestidor anonadada. ¿Realmente me deseaba? ¿O era mi propio deseo el que veía en sus ojos?

Probé el siguiente vestido, algo vintage, estilo pin up en rojo con zapatos azules. Continúe pensando en lo que Dorian sentía por mí. Jamás había sido la mujer de los sueños de nadie. No me consideraba bonita, era bastante normal. Con mi metro sesenta y cinco, y mi delgadez, lo único que sobresalía de mi cuerpo era la herencia española de mi madre, mi trasero era más grande de lo que le correspondía a mi cuerpo. Tenía el cabello largo y castaño hasta los omóplatos, lacio y sin ninguna gracia, llevaba un flequillo ligero sobre la frente que disimulaba el largo de mi rostro, mis ojos marrones como avellanas oscuras, no eran nada fuera de lo normal, pero amaba mi boca, mis labios eran gruesos y bien definidos con un tono rojizo natural, mi tez trigueña tampoco decía demasiado. Una muchacha más del montón, nunca levanté suspiros. Volví a salir a su encuentro.

 —Vaya pequeña, te ves maravillosa, pero tampoco es ese. El siguiente —lo miré incrédula, y con poca paciencia. Me quité el vestido y me puse uno negro, bastante simple, tenía un bello escote recto con tirantes, se ajustaba a la cintura por un cinto en fucsia que brillaba como el charol, la falda era amplia y con vuelo. Y me divertí girando sobre mis pies para verla moverse. Era realmente precioso. Unos zapatos altos de tacón que se ajustaban al tobillo haciendo juego con el color del cinto. Y volví a abandonar el vestidor.

 —Perfecta, absolutamente perfecta. Lo llevamos —dijo sin más mi acompañante.

 —Dorian, no puedo pagar esto ¿Te has vuelto loco?

 —¿Acaso creíste que se me cruzó por la mente que tú lo pagues pequeña? Es un regalo. Más para mí que para ti. Al fin y al cabo, lo disfrutaré mirándote.

 —No puedo aceptarlo.

 —Lo harás. Está claro que fue hecho para ti Sam. Cárguelo en mi cuenta Susan y no olvide lo que le pedí.

 —Por supuesto Señor Archibald —la mujer me entregó una bolsa con mi ropa que Dorian tomó de mi mano. Me puso un tapado negro precioso con cinturón, estaba revestido por dentro y era muy cálido.

 —También necesitará un bolso.

 —De inmediato —contestó la mujer entregándome un pequeño sobre a tono con los zapatos.

Me sentí una imbécil que se dejaba utilizar por un hombre que ni siquiera conocía. Pero la verdad es que no me hubiera podido negar, aunque quisiera hacerlo. El rostro de Dorian al observarme fue todo el incentivo que necesité.

Montamos al auto y me quedé en silencio, debía asimilar lo que estaba ocurriendo. Él interrumpió mis pensamientos.

 —¿Harías algo por mí?

 —¿Más?

 —Sólo algo sencillo.

 —Dime.

 —Suéltate el cabello —lo miré desconcertada, resignada, desarmé mi cola de caballo y traté de asentar los mechones con gracia, pero no logré demasiado.

 —¿Satisfecho?

 —Lo sabía, luces aún más encantadora así. Deberías llevarlo suelto siempre.

 —Lo tendré en cuenta Dorian —mi humor se había tornado gris.

 —¿Por qué estás enfadada Sam?

 —Todo esto… es demasiado.

 —Una mujer como tú, Samantha, debería tener el mundo a sus pies y ser capaz de obtener todo lo que deseé.

 —¿Una mujer cómo yo?

 —Creo que eso es lo que te hace tan enloquecedoramente irresistible pequeña, que no tienes ni idea de lo exquisita que eres.

Llegamos a uno de los restaurants más glamorosos de Manhattan. Volvió a tomar mi mano para guiarme puertas adentro y no me resistí, su contacto se sentía bien, y de alguna manera me resultaba protector.

 —¿Has estado aquí alguna vez?

 —¿Te parezco alguien qué cena aquí a menudo? —pregunté mientras levantaba una ceja.

 —¿Al menos te gusta el sushi?

 —Me encanta.

 —Bien, aquí sirven el mejor sushi del mundo.

 —Buenas noches Señor Archibald. Que placer volverlo a ver —saludó el anfitrión ni bien cruzamos el umbral.

 —Buenas noches, ¿Tendrá alguna mesa para nosotros?

 —Enseguida le consigo una. Por favor deguste una copa mientras me encargo —Dorian me quitó el tapado y se lo entregó a una joven muchacha que nos guió hasta una mesa alta en el bar.

 —¿Qué gustan tomar?

 —Yo tomaré un whisky Yamazaki en las rocas ¿Y tú pequeña?

 —Hmmm… un Cosmopólitan, gracias —tuve que pensarlo unos minutos, y contesté lo primero que se me cruzó por la mente. No era una entendida en temas de bebidas.

Dorian apoyó ambos codos en la mesa y entrelazó sus dedos mientras me contemplaba sin darme tregua.

 —Bien Sam. ¿Hace cuánto estás de novia?

 —Algo más de dos años.

 —¿Primer amor?

 —Eso es bastante personal ¿No crees?

 —Sí, eso pasa cuando intentas conocer a alguien.

 —No. ¿Y tú?

 —Estoy soltero.

 —No imagino cómo alguien como tú, puede estar solo.

 —No dije que estuviera solo Sam, sólo no tengo novia o pareja.

 —¿Por qué?

 —No se me da muy bien. ¿Qué tan seria es tu relación? —la mesera regresó con las bebidas y di un trago apresurado a la copa. El sabor me desagradó de inmediato. Y mi mueca se hizo eco de mi gusto.

 —Vaya, es… asqueroso.

 —¿Lo han preparado mal?

 —No, es sólo que… es la primera vez que lo tomo y no me gustó.

 —Samantha eres increíble. ¿Por qué lo pediste?

 —No suelo beber, y no sabía que pedir.

 —¿Cuándo sales que tomas?

 —No salgo mucho, pero cuando lo hago, bebo cerveza con tequila.

 —Bien, pediremos eso.

 —No, no creo que sea el momento. No te preocupes por eso. ¿Qué me preguntabas antes?

 —Si tu relación era seria —el maître vino para llevarnos a la mesa, Dorian puso su mano en mi espalda baja y me guió por el lugar, la gente nos miraba al pasar, podía suponer, que se preguntaban cómo alguien como Dorian Archibald, iba acompañado por alguien como yo. Él corrió la silla para mí, y no pude contener una risita nerviosa.

 —¿Quiere la carta de vinos Señor? —preguntó el mesero ni bien nos acomodamos en la mesa.

 —No es necesario, solo tráiganos sake y una botella de Dom Pérignon P2.

 —Enseguida.

 —¿Te gusta el sake? —preguntó al momento Dorian.

 —Sí, pero ya sabes, no soy una gran conocedora de bebidas —respondí honestamente

 —Mejor así. Yo te enseñaré —el lugar era precioso, y el ambiente no podía ser más ideal en su compañía. Me sentí culpable de sólo pensarlo.

 —La mujer de la tienda parecía conocerte bien.

 —Llevo mucho tiempo siendo cliente.

 —No te imagino comprando ahí tu ropa.

 —No la compro para mí, Sam.

 —Por lo tanto, siempre regalas ropa a tus citas —el mesero volvió con las bebidas y Dorian pidió que nos trajeran el especial del chef, que era una degustación de piezas de sushi.

 —No, a mis citas no, en eso eres la primera.

 —¿Novias?

 —Sólo he tenido una pareja seria en mi vida.

 —¿Qué paso?

 —La encontré en la cama, bueno, no fue exactamente en la cama, con otro.

 —Lo siento mucho. Debe ser horrible que te engañen.

 —No se trata de eso, teníamos un acuerdo y ella lo rompió. Y con ello quebró mi confianza.

 —¿Un acuerdo?

 —Hay muchas clases de parejas y relaciones, pequeña. Cada cual pone sus propias reglas.

 —Es cierto.

 —¿Qué tipo de relación tienes con tu novio?

 —Supongo que es bastante seria.

 —¿Son exclusivos?

 —Por supuesto.

 —No te ofendas Sam, sólo pregunto. No me gusta hacer suposiciones.

 —No me ofende. Es que no se me ocurriría hacerlo de otra manera.

 —Bien, verás, a veces te sorprendería de lo que somos capaces —el camarero reapareció interrumpiendo nuestra charla para servir la cena.

 —Se ve delicioso —dije echándole el ojo al exquisito manjar que estaba en el centro de la mesa.

 —Quisiera que pruebes algo. ¿Cerrarías los ojos para mí?

 —De acuerdo —respondí dudosa. Cerré los ojos y esperé pacientemente, de repente sentí una pieza de sushi sobre mis labios, la paseó por ellos.

 —Abre la boca Sam —ordenó y lo hice. Me dio de comer como si fuera un bebé, pero debía admitir que era el sashimi más exquisito que haya probado.

 —Delicioso.

 —Es la salsa de soja, es una mezcla especial que sólo la sirven aquí.

 —¿Qué música te gusta Dorian?

 —Sobre todo el jazz, y algo de blues.

 —Tienes buen gusto. ¿Y jamás has escuchado clásico?

 —Sí, lo he hecho, pero no es mi favorito.

 —Te pierdes de un mundo nuevo, lo juro.

 —Estoy ansioso por que me enseñes Samantha.

 —Aún no he aceptado.

 —Lo harás. Lo sabes.

Charlamos durante toda la cena, parecía absolutamente empecinado en saber sobre mí, mis gustos, mis miedos, mis deseos. Incluso me hacía sentir interesante. Pero lo que más me gustó es que ni una sola vez, miró a ninguna otra mujer en el restaurante, por mucho que ellas pasaran por nuestro lado y lo miraran sin ningún disimulo. Sus ojos sólo estuvieron en mí toda la noche.

 —No tomaremos el postre acá, ¿Estás lista para irnos? —preguntó mi acompañante.

 —Sí, cuando quieras.

Luego de que Dorian pagara la cuenta, salimos de ahí.

 —No, iremos caminando. La noche está hermosa y amo Nueva York a oscuras —me indicó cuando me dirigía al auto.

 —Me gusta la idea.

Caminamos unas cuantas cuadras, hasta llegar a un camión de calle, que hacen de los mejores helados artesanales. Pedimos dos tazas para llevar y seguimos nuestro paseo por Tribeca mientras la charla se extendía. Dorian era muy interesante y culto. Era fácil hablar con él y se notaba que era alguien de mundo, que conocía muy bien cada cosa de la que hablaba. Luego de volver hasta el auto insistió en llevarme hasta mi casa.

 —No es necesario Dorian.

 —Insisto, no hay manera de que ganes ésta, pequeña.

 —Deberás cruzar todo NY para llevarme y luego volver.

 —No te preocupes por eso.

 —Tú ganas. Has lo que quieras.

Ni bien llegamos a mi edificio se bajó conmigo y cargó la bolsa con mi ropa y mi Müller escaleras arriba. Insistió en que era muy peligroso que me deje en la puerta, por lo que me acompañó hasta mi apartamento.

 —Bien, aquí es. Ya puedes dormir tranquilo.

 —Ahora lo haré. Gracias por cenar conmigo.

 —Gracias a ti, lo pasé de maravillas.

 —Fue un placer que espero volver a disfrutar —sonreí, negarme sería ridículo, había sido una de las mejores y más divertidas noches de mi vida.

 —Supongo que te veré mañana con tu moca.

 —Supones bien pequeña. Descansa.

 —Tú igual —besó mi mejilla y se fue.

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