El hombre del café

Llegamos a la cafetería donde trabajo medio turno en la avenida Lexington y la 72nd este, en Upper East Side. Me despedí de Jason con un beso cariñoso y me metí al local.

July, la encargada de la cafetería y mi mejor amiga, ya estaba acomodando las cosas cuando llegué.

 —Buenos días July.

 —Buen día Sami. ¿Y bien? Cuéntame ¿Cómo te fue en la audición?

 —Lo sabré en una semana —respondí mientras dejaba mis cosas en la oficina y me ponía el delantal negro.

 —Es demasiado tiempo. Deberían decírtelo en el momento.

 —Eso sería genial, pero no funciona así.

La cafetería se llenó inmediatamente como cada día. Decenas de hombres de traje y mujeres elegantes comenzaron a desfilar. De pronto mi amiga me dio un codazo en las costillas que casi hace que me queme con la máquina de café.

 —Mira el bombón que no para de mirarte el trasero —dijo en mi oído.

Terminé de servir el café y me giré disimulando mi mirada. Pero era imposible no verlo, un hermoso hombre de más de un metro ochenta, atlético, con hombros bien definidos, que hacían que su hermoso traje negro a rayas se viera increíble en él. De cabello rubio, corto y prolijo, bien peinado hacia un costado. Sus ojos celestes del color del mar, suavizaban su caída mirada, que, de ser de otro color, seria aterradora. Una nariz perfecta, y unos labios apenas gruesos. Llevaba una barba cuidada de apenas unos dos días que marcaban sus pómulos. Era impresionante. Su mirada se clavó en la mía. Y me quedé como estatua, absolutamente inmóvil, no podía dejar de mirarlo. Pero siendo honesta ¿Quién en su sano juicio lo haría?

 —Disculpe. Señorita, disculpe —un hombre llamaba mi atención.

 —Sí, aquí está su café, lo siento —me disculpé de inmediato. Mi ángel personal, se rió divertido, y sentí que el suelo tembló bajo mis pies. La sonrisa le iluminó el rostro, y no pude evitar sonreír y ruborizarme, como una idiota —El que sigue —dije retomando el control sobre mí.

 —Creo que es mi turno —contestó él, su voz gruesa y masculina me cautivó por completo. Era melodiosa, casi una invitación a la perdición.

 —Buenos días, ¿Qué le sirvo? —traté de dibujar mi tono en amable y despreocupado y fracasé rotundamente.

 —Un moca, por favor pequeña.

 —Sami. Enseguida —comencé a preparar su bebida de inmediato, necesitaba que se marchara de aquí para poder volver a ser normal.

 —¿Cómo? —preguntó confundido.

 —Mi nombre es Sami.

 —No me gusta Sami, te llamaré Sam.

 —¿No te gusta?

 —No, no te queda.

 —¿Y Sam sí?

 —Sí, definitivamente eres una Sam, pequeña —no me lo podía creer, estaba jugando conmigo, sin ningún remordimiento.

 —Aquí tienes tu moca. ¿Quieres algo para acompañarlo?

 —¿Qué sugieres?

 —Quizás una dona, un bagel o tal vez un cupcake.

 —Creo que me llevaré una dona con glaseado de chocolate —busqué lo que me pedía, lo metí en una bolsa de papel y se lo entregué junto con el café.

 —Aquí tiene, que tenga un buen día.

 —Dorian, Dorian Archibald.

 —No te queda, Dorian —contesté con una sonrisa burlona y sonrió ampliamente. Me regaló una mueca, levantó una de sus cejas, revoleó los ojos y se relamió la boca. Y se sintió como si alguien me hubiera golpeado el estómago.

 —Adiós pequeña Sam —se dirigió hacia July para pagarle y no pude evitar seguirlo con la mirada.

 —Lo siento, ¿Qué le sirvo? —dije rápidamente a la mujer que me miraba con poca paciencia.

La mañana pasó velozmente, y pronto dieron la 1pm. Mi turno terminó, mi primera clase era a las 3pm, por lo que tenía un rato libre. Me senté en una de las mesas con un café y un cupcake de arándano con cubierta de fresas y me dispuse a completar un trabajo que debía entregar en unos días. Entre nota y nota, pasaba mi dedo por la cubierta del cupcake y me lo llevaba a la boca, era un hábito a la hora de comerlos.

 —Me pregunto si en tus labios será más rico que en el propio muffin —su voz me traspasó como un filo. Levanté mi cabeza y mi ángel estaba ahí, parado a mi lado y apoyándose sobre la mesa. Su cercanía me dio la posibilidad de inhalar su aroma, olía de maravilla. Absolutamente embriagador.

 —Dorian —respondí sorprendida.

 —Hola pequeña Sam, nos volvemos a ver. ¿Puedo acompañarte?

 —S-sí, claro —se sentó cruzando las piernas, apoyó su codo derecho sobre la mesa y dejó descansar su mentón sobre su mano.

 —¿Qué te tiene tan abstraída del mundo? —inquirió mientras se adueñaba de mi libro —¿Bach?

 —Así es.

 —¡Diablos, eso sí qué no me lo esperaba! —lo miré confusa. De algún modo me sentí insultada.

 —Es un trabajo sobre nuestro compositor favorito.

 —¿Eres músico?

 —Sí, toco el chelo.

 —¿Dónde estudias pequeña?

 —Julliard.

 —Una prodigio, vaya, vaya…

 —Sólo una chelista.

 —Me encantaría escucharte.

 —Ni siquiera sabes si soy buena.

 —Estoy seguro que lo eres. No es fácil entrar a Julliard, lo sé.

 —¿También eres músico? —rió a carcajadas.

 —No pequeña. Es una virtud que no me tocó en suerte —al menos algo no te tocó, pensé para mí misma.

 —¿Conoces la obra de Bach?

 —No soy muy amante de la música clásica.

 —Es una lástima, es la música más pura.

 —Perfecto, tienes la oportunidad de convertirme en un amante de algo nuevo.

 —¿Qué te hace pensar que es una proposición que me interese? —sonrió de manera pícara, mientras decidía que contestar.

 —¿Qué tal un trato? Tú me enseñas algo y yo te devuelvo el favor.

 —¿Qué podrías enseñarme que me interese?

 —Pequeña, no tienes idea… ¿Qué edad tienes?

 —¿Eso es relevante?

 —Sí, mucho.

 —Veintiuno —entrecerró los ojos y respiró hondo.

 —Eres tan joven, maldición…

 —¿Disculpa?

 —Lo siento, pensé en voz alta. Seguramente habrá algunas cosas que podría enseñarte Sam.

 —¿Qué edad tienes tú?

 —Treinta y dos en menos de un mes.

 —No pareces.

 —Gracias, supongo.

 —Fue un halago.

 —Bien, ¿Qué me dices? ¿Tenemos un trato?

 —¿Estás loco? Ni siquiera te conozco.

 —Es justo, entonces cena conmigo y así tendrás la oportunidad de conocerme.

 —Lo siento, no puedo.

 —¿Por qué?

 —Tengo novio, y no creo que le guste que cene con otro hombre, aunque sea por amor a la música.

 —Será una cena de negocios.

 —¿Qué negocio podemos tener tú y yo?

 —Convénceme que la música clásica vale la pena y te contrato para que toques en mi fiesta de cumpleaños.

 —No recuerdo haber solicitado el trabajo.

 —Te lo estoy ofreciendo Samantha —su tono de pronto dejó de ser divertido y pasó a ser serio.

 —Mira Dorian, ya te he dicho que no puedo, lo siento. Y ahora discúlpame, pero debo ir a clases. Hasta pronto —dije mientras recogía mis cosas. Su presencia me intimidaba por completo.

 —Adiós July.

 —Adiós Sami.

Comencé a caminar más rápido de lo normal, necesitaba distancia entre Dorian Archibald y yo, su presencia me incomodaba, su seguridad, su prepotencia. Todo él.

 —Te acompaño —su voz volvía a interrumpirme, caminaba a mi lado con las manos en los bolsillos.

 —¿Acaso no tienes nada mejor que hacer?

 —No, tienes toda mi atención.

 —¿No trabajas?

 —Por supuesto, pero pueden arreglárselas sin mí por unas horas.

 —¿A qué te dedicas Dorian?

 —Abogado.

 —De acuerdo. Realmente debo irme o no llegaré a clases.

 —Bien, te llevo.

 —No es necesario, todos los días cruzo Central Park hasta Julliard.

 —Hoy no. Ven —tomó mi mano y me condujo hasta un impresionante Mercedes Benz plateado.

 —¿Qué auto es este? Jamás lo había visto —dije mientras me acomodaba en el asiento.

 —Un Mercedes Benz SLK.

 —Vaya…

 —¿Qué ocurre Sam?

 —Eres un abogado millonario o algo así ¿No?

 —No, para nada. Lo que tengo lo he ganado con trabajo duro. ¿Te molesta si así fuera?

 —No, supongo que no, es sólo que… es extraño.

 —Cuéntame de ti Sam.

 —Creo que ya lo sabes todo, soy músico, trabajo en la cafetería, no hay mucho más que contar.

 —¿Qué hay con tu novio?

 —Jason, también es músico, un excelente pianista.

 —Ya veo. ¿Y tu familia?

 —Mi padre murió en Irak, sólo estamos mi madre, mi hermana mayor y yo.

 —Lo siento mucho.

 —Fue hace mucho, pero gracias.

 —¿Vives en Manhattan?

 —No, en el Bronx, apuesto que jamás has estado allí —dije en tono de broma.

 —Jamás pequeña —contestó con una sonrisa.

 —¿Qué hay de ti?

 —No, no vivo en el Bronx.

 —Eso pensé.

 —Acabo de llegar de Londres. Viví allí los últimos años.

 —¿Cuándo vuelves?

 —No creo que pase pronto pequeña. Mi padre enfermó y debo estar aquí.

 —Siento oírlo.

 —Gracias.

 —Bien, llegamos.

 —Samantha, espera. Realmente quisiera que cenes conmigo.

 —¿Por qué?

 —¿Por qué no?

 —Es claro que somos completamente diferentes Dorian, no entiendo que puedes querer de mí.

 —Sólo una cena. Si en algún momento te sientes incomoda, yo mismo te llevaré a tu casa y no volveré a molestarte.

 —De acuerdo, una cena.

 —Bien, te recogeré cuando salgas. ¿A qué hora acabas las clases?

 —A las siete.

 —Aquí estaré. Que tengas lindo día pequeña.

 —Adiós Dorian.

Capítulos gratis disponibles en la App >

Capítulos relacionados

Último capítulo