CAPITULO 9

Esa clase de amor,

convierte a un hombre en esclavo.

Esa clase de amor,

envía a un hombre directo a su tumba.

RICK

Ese día amaneció el cielo teñido de gris, con el aire turbado y a la vez intenso, dando muestra indescriptible del invierno crudo que se avecinaba. Bebí un café y luego fui a encontrarme con la agente inmobiliaria para escoger una casa; no deseaba que Erín pasara encerrada en un piso la navidad y me urgía mudarnos antes de esa fecha.

La primera casa que vimos quedaba cerca, en el vecindario de Linda. Era una residencia amplia, de dos plantas con un enorme jardín y estaba completamente amoblada. Solo faltarían algunos detalles para la habitación de la niña y quedaría perfecto. Cerramos el trato y pasé por una tienda a realizar varias compras para que Erín se alimentara adecuadamente, antes de regresar a casa por el regalo de Samanta e ir a buscarla.

Al mediodía llegó el momento y con la caja de regalos puesta en el asiento de copiloto de mi Audi, conduje nervioso hasta la casa de John. Estaba enamorado de aquella chiquilla ingenua y me sentía irremediablemente atraído; tanto que hasta evocarla en mis pensamientos, exacerbaban todos mis sentidos. Me sentía un completo tonto por haber caído de aquella manera en mi propia treta, pero no había vueltas que dar en un asunto que me acalambraba las entrañas pensando en la posibilidad de perderla.

Cuando llegué al edificio donde vivía ella con su tío, aparqué el coche a un lado y calé bastante aire para que aplacara mis nervios. Tomé el regalo y bajé dispuesto a todo con tal de recuperarla. Sin embargo, grande fue mi sorpresa cuando el conserje me informó que nadie se encontraba en el piso de los Richmond.

—¿Regresarán pronto? —pregunté, intentando no parecer desesperado.

El hombre, quien al parecer era nuevo, solo negó con la cabeza.

Confundido y con una mala espina en el pecho, regresé al coche y me quedé apostado allí, aguardando a que Samanta llegara.

Sin embargo, la tarde ya culminaba y todo se había vuelto sombrío por la entrada de la oscuridad, pero ella seguía sin aparecer. Me dije a mí mismo que si no llegaba esa noche, la buscaría hasta por debajo de las piedras para pedirle cuentas de sus acciones.

¿Dónde andaría?

¡Con quién!

De pronto, una estúpida pero posible idea se fue formando en mi cabeza: ¿y si había vuelto con aquel muchacho en un acto de despecho?

Comencé a sentir una cierta zozobra, una inquietud que iba torciendo despacio mis esperanzas y que me llenaba de angustia, tensión y ansiedad.

Cuando cayó la noche, seguía instalado en el mismo sitio con las manos aferradas al mando del coche. Cada minuto y hora que pasaban, el nudo en mi garganta crecía y el maldito presentimiento de que algo no estaba bien volvió a embargarme por completo.

¿Cómo carajos, de un día para otro mi vida se volvió un desastre?

Al momento en que vi insostenible permanecer dentro del automóvil, la vi salir junto con Linda y con John, sintiendo como todo mi ser despertaba. Se veía… diferente, y la sonrisa que le propinó a su tío cuando le abrió la puerta del coche, parecía forzada. Estaba mucho más delgada, aunque seguía siendo absolutamente bella.

Sentí una culpa terrible de verla así, mes y medio después de que todo estaba perfecto entre ella y yo.

¿Sería posible que la decepción hiciera estragos en ella de ese modo?

Golpeé frutado el mando del coche, cuando vi que las luces del automóvil de John se encendían y el vehículo se ponía en marcha. Apresurado, giré mis llaves e hice lo propio para seguirlo durante aproximadamente cuarenta minutos.

«Era el cumpleaños de Samanta y seguramente saldrían a cenar», pensé. Sin embargo, grande fue mi sorpresa cuando John ingresó a la zona nocturna de la ciudad y aparcó su coche delante del mismo club donde toda mi aventura con Samanta había iniciado. Me quedé a una distancia prudencial, observando como varias personas ingresaban al sitio y John ayudaba a sus acompañantes a bajar del automóvil. Al parecer, celebraría su fiesta de cumpleaños en ese sitio.

Samanta recibió varios saludos de otros jóvenes que se fueron apartando cuando una figura masculina avanzó con seguridad hasta ella. Era aquel muchacho, quien cargaba un ramo de rosas en sus manos y se lo entregaba como si nada.

Mis ojos se entornaron sorprendidos, aunque el pálpito ya me decía que algo así podía pasar. Sin embargo, lo que sacudió por completo mi interior fue que él acercara su rostro al de ella y le propinara un beso en la boca, mientras yo musitaba desesperado un «no lo beses, pequeña».

Volví a golpear varias veces con manotazos el mando del coche, viendo impotente como entraban juntos a aquel lugar.

«¡Mierda, m****a, m****a!», grité en solitario, mientras sentía que un calor inexplicable iba invadiendo todo mi cuerpo.

Tuve el impulso de bajar del coche pero mi reacción fue tan tardía que todos se perdieron dentro del establecimiento y cuando llegué, no me permitieron el acceso porque no llevaba invitación. Al parecer, sin la autorización de aquel maldito chiquillo que había besado a mi mujer, no podría entrar.

Como león enjaulado, esperé fuera haciendo intentos vanos porque me dejaran pasar. Estaba a punto de reventar por dentro, porque pasaban las horas y no encontraba la manera de ir por ella, sacarla a rastras si era necesario para que se marchara conmigo y escuchara toda mi explicación.

Estaba ardiendo, estaba quemándome lentamente pensando puras estupideces que no ayudaban en nada a mis locos impulsos, hasta que oí una risa familiar desde dentro, cuyo sonido iba en aumento.

Presté atención expectante, hasta ver a la rubia aparecer por la puerta.

Era Linda.

Linda había salido fuera y cuando me vio, palideció por completo.

De inmediato me acerqué a ella con la intención de hablarle y pedirle que me ayude con Samanta.

—Hola, Linda —frunció el ceño—. Necesito que me…

¡Plasss!

Una sonora cachetada hizo arder a mi mejilla izquierda mientras ladeaba el rostro por el impacto.

—¡¿Qué haces aquí?! —interrogó furiosa—. ¡Cómo te atreves a aparecerte justo este día!

Me acaricié el rostro que ardía, mientras tragaba con fuerza para calmar mi interior.

—Necesito hablar con Samanta, Linda. Necesito explicarle…

—¡¿Explicarle?! —increpó con dureza sin dejar que terminara de hablar—. ¿Qué le explicarás a estas alturas? ¿Qué le mentiste? ¿Qué jugaste con sus sentimientos? —preguntó atropelladamente—. Ella mandó todo al demonio por ti y tú simplemente te marchaste sin decirle nada, sin siquiera llamarla ¡Por Dios! ¿Sabes todo lo que has provocado? ¿Tienes una maldita idea de todo lo que sufrió pensando lo peor?

—¡Tú no sabes nada, Linda! —vociferé—. No sabes toda la m****a que pasé durante este tiempo y lo mal que me he sentido sin poder decirle la verdad —acoté sobrepasado, pero Linda sonrió con sarcasmo.

—¡Por supuesto que lo sé! —retrucó—. John me lo acaba de decir, precisamente hace un momento. Ya sé que decidiste regresar con la madre de tu hija y, ¿sabes qué, Rick? Me siento completamente decepcionada. Hasta hace días me cuestionaba que pudo haberte pasado para abandonarla… todo este tiempo creí que tal vez ocurrió algo grave para que te fueras de repente, pero resultó que te cansaste de Sam y regresaste a los brazos de tu esposa.

Restregó dolida y furiosa, dejándome helado con aquella absurda conclusión que distaba de todo lo que en verdad pasó.

¿De dónde habrá sacado aquella maldita historia que nada tenía que ver con la realidad?

—Eso no es cierto, Linda —respondí con convicción y frunció el ceño—. Todo lo que ocurrió dista muy lejos de lo que te ha contado John. ¿De dónde demonios sacó esa estúpida historia?

—¿No es cierto? —indagó confundida.

—¡Por supuesto que no! Yo amo a Samanta y he venido por ella —dije con firmeza, provocando conmoción en ella.

—Pero John dijo que tu esposa… que tu esposa confirmó que habían regresado.

—Con que fue Emily… —mascullé con rabia y saqué del bolsillo de mi chaqueta el móvil—. Es una larga historia, Linda, y aunque desearía contártela ahora, no tengo demasiado tiempo. Pero, para que me creas, te mostraré todos los correos que le he enviado, todas las llamadas que he hecho desde que me marché. Yo jamás la abandoné ni jugué von ella.

Le tendí el móvil y lo tomó, deslizando sus dedos a través de la pantalla, para luego de unos minutos, taparse la boca con una mano y devolverme el aparato sorprendida.

—¿Por qué te fuiste?  —preguntó más calmada—. ¿Cómo fue posible que no pudieras comunicarte con Sam?

—Me marché por mi hija; porque su madre llamó en plena madrugada diciendo que tuvo un accidente y estaba en coma, pero todo fue una trampa que luego te contaré a detalle —me pasé la mano por el pelo y bufé enloquecido—. ¿Samanta regresó con ese muchacho? —indagué y ella asintió con la cabeza—. ¡Cómo es posible! ¡¿Por qué?!

—Porque él no la abandonó en su peor momento… como tú —respondió débilmente y negué con la cabeza.

—¡Que no la abandoné! —bramé furioso—. ¿Puedes decirle que necesito hablar con ella? Dile que salga, Linda. Dile que venga o yo mismo iré a buscarla y armaré un escándalo del que nadie jamás podrá olvidarse —amenacé.

—Espero que no sea demasiado tarde… —susurró preocupada y fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que Frank le propondrá matrimonio de nuevo y estoy segura, Sam lo aceptará.

—No puede ser… ¡No puede hacer eso! ¿Acaso se volvió loca? —dije poseído por los celos y Linda afirmó con la cabeza.

—Quererte la ha enloquecido… —musitó con tristeza—. No es la misma y no sé si quiera escucharte.

—Solo pídele que venga fuera y no menciones que estoy aquí. Prometo que será el único favor que te pediré —dije suplicante y ella suspiró asintiendo con la cabeza. Tragué grueso y respiré hondo, rogando porque Samanta no cometiera una tontería.

—Acompáñame; entrarás conmigo pero esperarás hasta que yo regrese, y por favor; no hagas ninguna tontería. ¿Lo prometes?

—Lo prometo —respondí ansioso mientras ella tomaba mi mano y le decía a los guardias apostados en la entrada que era su invitado.

Caminamos solo un poco, girando hacia la derecha donde había una salida de emergencia en penumbras, iluminado tenuemente por un letrero.

—Espérame aquí, no te muevas ni hagas nada tonto —volvió a repetir mientras se marchaba en dirección a la barra y la pista de baile. Sin embargo, fue imposible hacerle caso a su estúpida petición y caminé tras ella para ver donde se encontraba Samanta.

Linda subió las escaleras que llevaban al sector V.I.P. y la música se detuvo. Fijé la mirada hacia arriba, al oír que entonaban un feliz cumpleaños y fue cuando la vi…

A pesar de toda la rabia que sentía porque en tan poco tiempo me hubiera dejado atrás y regresado con ese muchacho, sentí un fuerte golpe en el pecho con solo verla. Comprendí en ese efímero instante que no había nada más en esta vida que pudiera suplir a esa mujer. Entendí que ni siquiera mi cuerpo, que había reaccionado a aquellos instintos bajos con solo verla, podría saciar el deseo que me estaba consumiendo por dentro, en brazos de otra mujer.

La deseaba con locura, pero la amaba aun con más pasión de lo que había imaginado. Se había metido dentro de mí, en mis venas recorriendo todo mi cuerpo para recordarme que estaba vivo y que ella era la única que podría poseerme  por entero. Deseaba ser su piel, su pelo, su aliento para ser parte de ella, para fundirme por siempre a Samanta y no liberarla jamás de mí. Quería ser su prisionero por la eternidad y que ella hiciera conmigo lo que se le antojara.

Me había vuelto un títere de su amor, un completo perro capaz de seguirla hasta el mismísimo infierno si ella así lo deseaba. Sin embargo, en aquellos momentos que divisaba como Müller se hincaba y enseñaba algo que asumí se trataba de un anillo, me sentí morir… creí estar enloqueciendo, alucinando o en el mejor de los casos, teniendo una horrible pesadilla.

Me terminé de consumir en mi propia rabia, cuando ella asintió con la cabeza y él la envolvió entre sus brazos besando su preciosa boca. Mis manos se presionaron en puños y la vista se me nubló por un instante en los que la cuestionaba internamente.

¿Tan poco le duró su amor por mí?

¿Solo por despecho se casaría con alguien a quién no amaba?

Tomé aire y exhalé fuerte, dando media vuelta y regresando al sitio donde Linda me pidió esperar, antes de cometer una locura.

Caminaba de un lado a otro, creyendo que en cualquier momento la cabeza me reventaría por todo lo que ha pasado en tan corto tiempo. Se me hacia una eternidad la tardanza de Linda y comenzaba a impacientarme, tentado completamente en ir e interrumpir aquella farsa.

Sin embargo, sentí un martilleo constante en mi pecho mientras las manos me sudaban. Entonces supe que Samanta estaba cerca y que pronto podía poner cada cosa en su sitio y a ella, indefectiblemente a mi lado.

Permanecí de pie en la penumbra, cuando oí que Linda le pidió perdón y se marchó dejándola sola.

Samanta se volteó, mirando confundida a su amiga desaparecer y decidí que era el momento de confrontarla.

La sangre bombeaba incesante por mis venas, agitando a mi corazón de un modo vehemente mientras formulaba las palabras adecuadas que debía decirle. Sin embargo, antes de dar explicaciones o pedir perdón, lo único que se me ocurrió suplicar con desespero era que no se casara.

—No te cases, Samanta —pronuncié y ella respingó—. No puedes casarte con ese muchacho, pequeña.

Lentamente giró su cuerpo y nuestras miradas se encontraron haciéndose miles de preguntas y reproches que tarde o temprano, saldrían en forma de palabras.

—¡¿Tú?! —bramó con una mezcla de sorpresa y furia, y supe que no sería tan fácil convencerla de que mi verdad, era muy distinta a lo que le habían contado.

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