6. Se parecen

— Bueno... primero que nada, agradezco de que estén ustedes reunidos el día de hoy... — habla Brandon observando que entre los tres candidatos a elegir uno era rubio, podía sentir la sonrisa de Bill y eso le molestaba.

 Álvaro no dejaba de ver al rubio y es que el castaño juraba que el rubio se parecía mucho a Jack.

 — Pero me temo que ya les anunciamos de que ya hemos decidido quién será el candidato para este puesto... — suspira antes de sacar la carpeta con el currículo del elegido quien lo eligió Álvaro. — Zack Deilen, por favor dar un paso al frente y los demás se restiran — el rubio da un paso adelante y a Bill se le borra la sonrisa, a Brandon le entran las ganas de matar a un teñido y a Álvaro solo observaba al chico.

— Espere afuera — dice Álvaro, el chico sale y cierra la puerta, en cuando a los primos Duncan dentro de la oficina dos miraban con seriedad a Bill.

— Lo primero que te digo, es lo primero que haces… ¡Estas idiota! — Álvaro sentando en su silla, esperaba que Brandon dijera todo lo que tenía que decir a Bill y al parecer no eran pocas cosas.

— No tengo la culpa, ¿viste su currículo? Está bien redactado, es perfecto, encima lo eligió Álvarito no yo — se defiende, siguen peleando y Álvaro se levanta.

— Pueden retirarse, no tengo más tiempo para buscar otro secretario — ambos se miran y se retiran, el chico vuelve a entrar y Álvaro lo analiza con más determinación.

— ¿Te lamió una vaca? — pregunta de la nada, el rubio traga saliva — ¿Y esa ropa? — se acerca observándolo de cerca — Claro, si es de mi colección… pasada de moda, esto no es tu estilo — se aleja, toma unas cosas — Acércate, Deilen.

El chico se sentía un poco ofendido pero se acercó, porque de verdad necesitaba el trabajo.

— En esta laptop están todos los archivos, en esta Tablet mis horarios y cronograma de la semana y en este teléfono, mi número, contactos de ciertos clientes importantes y de los accionistas de la empresa — le entre todo y este intenta que nada de los artefactos se caigan. — Quédate ahí… Jonhy, será mejor que revises todos los departamentos y tiendas en toda la ciudad, no quiero volver a ver mi ropa pasada de moda en tiendas de segunda mano, ah y prepara un guardarropa de la colección más reciente para mi nuevo secretario que mide 1.65, talla M, rubio, ojos azules, piel dorada y cuerpo de complexión delgado.

— Sí, señor Álvaro —  dice el hombre desde el otro lado del teléfono.

— A partir de mañana usara el guardarropa que yo mandare a tu dormitorio y hazle un favor al mundo y péinate con el cabello hacia atrás, en mi empresa no existe niños, solo hombres, así que pórtate como uno y deja la timidez bajo la cama, ahora puedes irte — asiente y se va con los vellos de punta, su jefe era todo lo contrario a lo que tenía en su mente.

(…)

Álvaro sale de su oficina y mira al chico quien juraba que se parecía a Jack, pero era todo lo contrario.

“Se parecen” dijo en su mente dudando “Claro que no”.

 — Cancela todas mis reuniones del almuerzo hasta la 4 de la tarde — dijo y el rubio empezó a trabajar enseguida apenas el pelinegro se alejó del su escritorio.

El pelinegro observo la hora en su reloj mientras suspiraba, su abuela le había sucedido la grandísima idea de mandarlo a una cita a ciega con una completa desconocida y no era la primera vez que iba a una cita, cuando su abuelo aún estaba vivo, lo mandaba a muchas citas pero claro, todas las chicas eran bonitas pero sin cerebros.

Bajó al subterráneo, saco sus llaves y se subió a su camioneta, una Toyota de último modelo, condujo al sitio donde tendría  la cita a ciega y no le quedaba lejos, se estacionó y se puso a pensar en una buena excusa para arruinar su cita.

Una vez sentada dentro del restaurant con vista a las montañas de la ciudad vi sentarse frente a él una rubia de cuerpo formado, su piel pálida sin maquillaje y un natural sonrojo juntos a unos grandes ojos verdes lo encantaron en seguida, solo esperaba lo que saliera de la boca de la chica.

— Un gusto, Elena Hamilton — dice poniendo su mano frente al hombre, Álvaro sin dudar la tomo sintiendo su piel suave.

— Álvaro Duncan — dice con seriedad.

Un mesero se acerca a la mesa.

— ¿Desean algo de comer? — la chica leía el menú al igual que Álvaro.

— A mí me das un bistec encebollado con ensalada de papa y la mejor botella de vino blanco… ah, ¿te importa si pido vino? — Álvaro niega, total no bebería porque está conduciendo.

 — Y a mí me das  una pasta carbonada y agua — dice sin más, el mesero asiente y se lleva los menús — Seré directo, no pienso casarme en un buen tiempo, no estoy interesando nada de eso…

— Ni se preocupe por eso, no eres el único al que le piden que vaya a una cita a ciega porque no quieren que sea soltera ante de los 30 — el mesero llega y dejas unas cosas y se va — Encima de eso, si te pones a pensar, nuestros parientes quieren unir empresas y poderes, ¿no crees? — Álvaro la mira procesando un poco hasta que cae cuenta en su apellido.

— Hija de Cristian Hamilton de la cadena hostelera Hamilton, no sé por qué no me lo imagine — sonríe por primera vez en todo el rato que estaban sentados.

— Tienes buena memoria, por cierto, mis más sentidos pésames por su abuelo — dice educadamente, llega el mesero y consigo los platos y la botella de vino, le sirve a la rubia y se retira — Duncan, conocidos por sus vinos y su línea de ropa, claramente uno de los mejores del país aparte de sus bufetes de abogados, claro que estos no se quedan atrás.

Sonríe con gracia, prueba su pasta y la observa comer, su cabello en una coleta larga, podía jurar que le llegaba a sus caderas anchas, se preguntaba cómo sería tenerla en su cama.

Luego de terminar de comer y pagar cuenta, ambos se miran.

— Te propongo algo, si quieres que nuestros parientes nos manden cada vez a una cita a ciega donde claramente serán desastrosas con personas que no tienen cerebros, que tal seguir viéndonos para que dejen de insistir por cierto tiempo, ¿te parece?  — aquella propuesta que le daba la rubia le parecía más que tentadora.

— Tenemos un trato, Elena — ella asiente y se levantan.

(…)

Álvaro regresa a la empresa a las 4 de la tarde, entra a su oficina y se sienta a revisar la nueva colección de primavera, se encontraban en pleno mes de abril y tenía que tener la mejor colección del mercado si quería ser más reconocido en el mundo, las horas pasaron y se levantó apagando todo, tomo su saco y salió de su oficina, ahí todavía se encontraba el rubio.

— Ya te puedes ir… firmaste el contrasto que te dio Smith, ¿No?

— Sí, señor — asiente y camina al elevador, escucha lo pasos del menor y entran juntos, el elevador llega al primer piso y ambos se bajan de este, el hombre de seguridad le dijo algo de unos trajes que faltó entregar.

— Espera ahí, Deilen — el rubio se detuvo y miró a su jefe quien traía tres bolsas de trajes — Ten, mañana usa uno de estos y procura venir mejor que hoy, no quiero despedirte sin estar al menos una semana aquí — sonríe con sarcasmo y se va dejando al chico procesando la oración del hombre.

Al día después el rubio había llegado temprano, vestido y arreglado como se lo ordenó su jefe, Bill apareció por ahí y lo saludo.

— No te olvides del café, le gusta dulce — dice y se va, Zack asiente y se va a la pequeña cafetería del lugar y le preparó un café dulce a Álvaro.

El pelinegro entró a su oficina y no vio al rubio, suspira y sale viéndolo en sentado en su escritorio.

— A mi oficina, necesito el cronograma de hoy — entra y el chico lo sigue, el mayor se sienta y empieza revisar una nueva carpeta llena de diseños hechas por unos de sus diseñadores más destacados, mientras escuchaba hablar a Zack, tomo el café de la mesa y lo bebió para luego escupirlo a un lado.

— ¡¿Qué m****a le echaste a esto?! — gritó en pregunta, el menor traga saliva.

— Azúcar, señor…

Se levantó y se le acercó.

— ¿Azúcar? —  volvió a preguntar y el menor asiente — Odio las cosas dulces, Deilen, ¿Quién te dijo que me gusta las cosa dulces? Me repugnan las cosa dulces, al igual que otra ciertas cosas — susurró en su oído.

— El vicepresidente me dijo que…

Lo interrumpe.

— Bill… no te muevas de aquí — salió de la oficina y caminó a la oficina del teñido, al no ver a nadie en el escritora de secretario, abrió con brusquedad la puerta viendo como Bill era cogido por su secretario, el cual era un coreano más alto y formado que el teñido, ambos se separan el asiático sale de la oficina.

— Primo…

— Que sea la última vez que le diga algo a mi secretario porque te demando aunque tengas mi sangre — cierra la puerta y regresa a su oficina — arregla una cita para el viernes de la semana que viene con la señorita Elena Hamilton — dice y Zack escribe en su Tablet — Puedes retirarte.

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