4.

Mañanas infernales.

Me levanté poco antes de seis para alcanzar a vestirme, arreglarme y hacer el desayuno de Roman. Antes me levantaba antes de siete porque la entrada en la escuela es a las ocho y comía alguna tontería en la escuela, pero ahora debo cocinarle a él. Bajé en pijamas, estaba oscuro aún y tuve que mirar varias veces para ver qué era lo que me resultaba más extraño. Todo estaba diferente, absolutamente todo. Los muebles estaban en otro lugar, acomodados todos exactamente a la misma distancia sobre la alfombra, los adornos de los estantes de mi abuela ahora estaban organizados por grupos, de un lado los portarretratos, del otro lado las figuras de vidrio y sobre la mesita ahora estaban la casita y los caramelos (yo no como dulces, pero mi abuela solía tenerlos en la sala y quise mantener esa costumbre), me asomé a la cocina y también cambió todo. Los tenedores, cuchillos, cucharas y demás estaban en filas, las ollas estaban desde las más grandes hasta las más pequeñas, así también en filas estaban los condimentos y demás. Noté que todo estaba muy limpio y yo aún no había aseado, había un sticker con la letra “R” en un estante de la cocina. No sabía si reír o llorar porque esto no era una travesura, creo que Roman será más útil de lo que pensé. Me ahorró la limpieza que hago en las tardes.

Lo que no entendí es en qué hora hizo esto si según me dijo su madre él no se levanta después de las diez, creo que debió madrugar.

-Tus pijamas son anticuados. –Dijo sin mirarme, ya llevaba puesto el uniforme, no sé por qué se lo puso hora y media antes de salir. Se sentó en la sala con muchos libros.

-¿Dormiste bien? –Pregunté amistosamente, pero me ignoró, aun así, quería lograr poder conversar con él. -Aún no sale el sol y ya te pusiste el uniforme.

-Sí, debo estudiar. –Vi que desenrollaba los cables de los audios, no entiendo como estudia o lee escuchando música clásica, cualquier tipo de música me desconcentra.

-Oye Roman. –Me miró de reojo. –Gracias por haber limpiado y organizado todo.

-¿Crees que fue un favor?

Lo miré confundida.

-No fue un favor, no podía dormir en una casa que tiene una sala que no se ha desinfectado y que las sillas no están acomodadas en dirección del piso.

-De igual forma lo tomaré como un favor.

Resopló fuertemente. –Sigues siendo igual de molesta.

-No te entiendo, quiero hablarte bien, pero siempre tienes que ser desagradable.

-Mira Urania. –Se quitó los audios y me miró fijamente, me sentí intimidada de inmediato, creo que él me aterra ahora. Nunca solía llamarme por mi nombre, siempre lo hacía llamándome por el nombre de los planetas, su madre me decía Urano y él siempre me llamaba por el nombre de todos los planetas para hacerme enojar, aunque eso no lo hacía, me parecía hasta bonito como se escuchaba, pero sí cuando lo hacía para decir algo cruel. –No me interesa ser agradable contigo ni con nadie, vine a vivir aquí por elección de mis padres, no mía, así que no tengo ni quiero entablar una amistad contigo.

-No es como que quieras, es que toca Roman. Vivimos en una sociedad, necesitamos comunicarnos, ¿cómo puedo vivir un año con alguien sin dirigirle la palabra?

-Tal vez si se tratase de otra persona lo intentaría, pero tú no.

-No es solo conmigo, sé que en general eres así, pero está bien, si quieres que no te hable, no lo haré.

-Bien, ahora vete que me molestas y debo estudiar.

Quise gritarle muchas cosas, pero el malnacido se puso los audífonos de nuevo. Me fui furiosa, le di golpes a una almohada para aguantar la frustración porque si lo reventaba a golpes el primer día, podría querer irse y me quedaría sin ese ingreso que tanto necesito. Pero esto no se va a quedar así, me vengaré de alguna manera digamos… sutil.

Me vestí más tarde después de hacer su desayuno y dejarlo en la mesa, el mío lo llevé a mi habitación porque no me apetecía compartir la mesa con ese malcriado. Yo suelo ir siempre a la escuela usando faldas holgadas o vestidos formales, poco uso pantalones o jeans y no solo para trabajar, los uso poco en general. Me gustan mucho los vestidos largos con flores, color mostaza o que tengan botones. En mi tiempo libre cuando salgo, lo hago usando ropa que por decirlo de alguna manera, es recatada, no me gusta enseñar mucho, eso me hace sentir muy incómoda. Los únicos días que muestro de más es cuando voy a playa, porque lógicamente no me bañaré en ropa como hacen las personas de religión evangélica y también lo hago en carnavales porque Mateo y yo estamos en una comparsa de fantasía, desfilamos bailando los cuatro días con nuestros disfraces llamativos, llenos de plumas, lentejuelas y colores. Lucila nunca quiso desfilar con nosotros, dice que eso no es lo suyo, pero si va a los desfiles y nos toma muchísimas fotos cuando nos ve pasar, a ella le gusta la fotografía y ese tipo de cosas, por eso siempre anda con su cámara y nos graba cada vez que bailamos, no solo cuando es en los desfiles. Mateo y yo bailamos en todos lados, sobre todo las canciones de Queen, pero en general bailamos canciones de los ochenta o baladas. Creo que ninguno de los dos tiene talento, sé que bailamos pésimo, pero es divertido y creo que de eso se trata todo.

Me subí en el auto, es un Toyota camry rojo del año noventa, mi abuelo lo compró y mantuvo muy bien cuidado, por eso he tratado de hacer lo mismo, lo tengo en buen estado, aunque a veces falla, no sé nada de mecánica, Lucila es la que me ayuda cuando tengo problemas con él porque ella de niña ayudaba a su papá en el taller de mecánica que tiene en la 38. Normalmente ella lo arregla, pero cuando es grave, lo llevo al taller de su papá. El auto a veces me hace enojar, el otro día me dejó tirada en la 51b y dos extraños me ayudaron a empujarlo, terminé rojísima por el tremendo sol y causé un enorme trancón, las personas me gritaron cosas desde sus autos.

Faltaban treinta minutos para las ocho y Roman aún no salía, supuse que esperaría en la sala a que le dijera para irnos, pero no lo vi, así que lo esperé en el auto, pero no salía. No le dije nada porque me pidió no hablarle, o no, me equivoco, me exigió no hablarle. No entiendo cómo cree que podemos vivir sin comunicación, es imposible, para hasta lo mínimo hay que cruzar palabras. Abrí la puerta para irlo a buscar, pero en ese momento lo vi salir y cerrar la puerta.

Entró al auto sin mirarme y cerró la puerta. Conduje en silencio, lo miraba de reojo a veces, pero él estaba recostado en su asiento mirando absorto por la ventana. Estaba un poco nerviosa, no me gustan los silencios incómodos, me dan ganas de sacarme los ojos y usarlos como aretes, además me dolía el trasero un poco porque me resbalé en la ducha y eso me hacía exasperar aún más, me lamenté varios segundos antes de pararme, debió ser una imagen muy desagradable de ver. Creo que no hay nada más que odie que los silencios incómodos, así que encendí la radio y sintonicé la emisora de baladas románticas. Sonaba una canción de chiquetete, esta cobardía.

Paré en un semáforo y vi que Roman se inclinó y apagó la radio.

-Oye tú, ¿por qué hiciste eso?

-Es horrible esa música.

-No me gusta viajar en silencio. –La encendí de nuevo y él me incendió con la mirada. Chasqueó la lengua.

-¿Podría yo al menos sintonizar alguna otra cosa?

-Bien, bien. –Buscó unos segundos hasta que sintonizó la emisora de música clásica, tiene una seria afición con ese tipo de música. De inmediato pareció relajarse y su ceño fruncido desapareció.

Conduje otros quince minutos en que ninguno de los dos volvió a hablar hasta que me detuve una calle antes de llegar a la escuela. Roman de inmediato agarró su morral, pero lo llamé antes.

-¡Roman!

-¿Qué? –Preguntó sin mirarme.

-Te espero aquí mismo a las dos que se acabe la jornada.

-Como sea. –Se bajó en seco y cerró la puerta. Tratar contigo va a ser más difícil de lo que imaginé. No ha pasado ni un día completo y ya he tenido varios roces con él.

Estacioné al auto, saludé a algunos colegas y caminé directo hasta el aula de noveno b. No me gusta mucho este salón, lastimosamente debo admitir que la mayoría de chicos son unos cretinos. Todos son irritantes, hay un grupo de tres chicas que imitan a las protagonistas de la película Mean girls, pero son la versión criolla de estas. Esta escuela aunque es privada, no es tan costosa como en la que trabajé antes, pero aun así, no cualquiera estudia aquí. Yo estudié en una vieja escuela pública en que una vez un niño me persiguió por todo el patio y al alcanzarme, me llenó de tierra y meses más tarde, otros chicos me aventaron en la b****a. Siempre me hacían eso, pero me daba igual, era como una guerra porque cuando dejaban sus morrales descuidados, los agarraba a patadas, jugaba fútbol con estos y llenaba mis zapatos de lodo para dejar huellas en sus cuadernos. Recuerdo que después de dejar mi acostumbrada huella en el libro de matemáticas de Daniel, agarró mi morral cuando yo jugaba baloncesto y lo llenó de piedras, lo peor es que se fue un ciempiés adentro y al sacar las piedras lo agarré. Quise amputarme la mano, incinerarla, pero luego tendría que comprarme una mano mecánica y saldría muy costoso, aunque sería genial, me parecería a terminator.

-¡Profe Urania! –Me llamó por segunda vez Claudia, la líder del grupo de mean girls criollas. Sé que ella es una buena chica en el fondo, aunque es muy lame botas y eso no me gusta. Creo que se han perdido muchos valores e ideales hoy en día, los chicos de hoy no respetan a los maestros, en mi segundo día de trabajo aquí, un inútil me llamó Urano y ahora sé que me dicen todos así.

-Dime, ¿es sobre el ensayo de la masacre de las bananeras?

-No, no era sobre eso. Mis compañeros y yo tenemos una duda.

-¿Cuál era?

-¿Irá a la excursión de la Guajira? La profesora de geografía llevará a un grupo y nos dijo que quería decirle a usted para que nos lleve a nosotros los de noveno junto al grupo de ella porque no permiten que un solo profesor lleve de excursión a tantos alumnos.

-¿Qué salón es el de Gabriela?

-Once A.

-No hago viajes, lo siento. –Sentencié y escuché murmullos, todos secreteaban cosas. –A ver, ¿de qué tanto se quejan? No me gusta que hablen a mis espaldas.

-Profesora. –Habló Valentín esta vez, el chico pecoso que me regaló un yogurt en mi primer día. –De verdad queremos ir, usted es la única tutora que nos puede llevar porque su carrera es de las únicas de aquí que se asemeja a la asignatura de la profesora Gabriela. Piénselo, por favor, seremos buenos si nos lleva.

-Ya dije que no. –No los llevaría. No es que no me guste hacer excursiones, aún no lo hago, pero no me parece una mala idea. El problema radica es en que once A es el salón del p minúscula y me imagino que debe ser insoportable en esos viajes. Aunque pensándolo bien, él no me hablaría en lo absoluto, tal vez ni sienta que viajó con nosotros.

-¡Profesora! –Todos empezaron a rogarme y reí, hice señas de aprobación y todos sonrieron, incluso el chico que tiene un colmillo en la mitad de los dientes principales.

-Bien, bien, lo haré solo si convencen a la profesora Lucila de llevar al grupo décimo el mismo día. –Nunca he hecho una excursión, pero Lucila sí, ella puede ayudarme en lo que no sepa y además, así no estaría sola.

Capítulos gratis disponibles en la App >

Capítulos relacionados

Último capítulo