viii

     Inmersa en una caótica paz, su mente se difuminó hundida en una oscura vacuidad, se detuvo sin poder reaccionar, no sintió dolor, ni miedo, ni enojo, parada en un limbo donde sólo ella y la retorcida aldaba existían, la contemplaba con fría indiferencia, quizá si pudiera y reaccionara, alguna emoción abría acudido a rescatarla, para traerla de regreso.

—Eran dos.

     Dijo una voz a su lado, que en medio del estridente silencio pareció un desgarrador grito, aun así, ella apenas y reaccionó, volteó para encontrar a un par de metros a su izquierda, la mirada lejana de una obesa mujer –la cual se apoyaba en un bastón trípode para minusválidos que le servía para mantener el equilibrio que extrañamente adusta y mal encarada parecía disfrutar del momento.

—Golpeaban las puertas, y si no les respondías rompían los cerrojos con una varilla y se metían.

     Agregó otra voz, al igual a un par de metros, pero a su derecha, ahí encontró una menuda mujer, que acunaba a un pequeño lactante medio dormido, pero al igual que la mujer obesa, Candy respondió con una mirada perdida y fútil.

— ¿Quieres que llame a los policías?, creo que siguen abajo.

     La voz suave y casi infantil que salió por detrás de la mujer, le trajo el vago recuerdo de alguien que ella recordaba como su hermano, y eso fue lo que la despertó, las palabras empezaron a tomar sentido, luego forma, la difusa imagen de las rejas de los separos, con la pequeña Candy llorando en un rincón se apoderó de ella, sin alterarse, pero ahora con el miedo en sus ojos, en suaves movimientos atinó a negar; regresó la vista a la maltrecha manija del picaporte, quiso tocarla, pero parecía tan irreal, que por más que estiraba su delgada mano aquella en fantasmales movimientos parecía eludirla, y por eso desistió.

— ¿Te sientes bien?

    Rezongó la mujer obesa, que cerca de ella en lóbrega inquietud parecía querer observar de cerca la puerta, aún peor, con mórbida curiosidad el interior del cuarto, e incluso Candy que no la veía directamente se dio cuenta, por eso se contuvo, y así, sin dignarle una mirada, con mordaz indiferencia un espasmo similar a una sonrisa fue su única respuesta, la mujer reculó, en un paso atrás arrastro el tripié y se limitó a observar, respetando el espacio a Candy, bien la ofensiva indignidad la repuso, para finalmente ya decidida, se irguió y sin pensar, lo enfrentó, levantó la mano y con delicadeza tomó la orilla de la puerta y la empujó con firmeza, pero sin violencia, con dos decididos pasos entro, ahí parada, con decidida petulancia, recorrió lentamente con la mirada el contorno de la habitación.

     Lo primero que vio fue su enorme toalla, pisoteada y sucia en el rincón opuesto del cuarto a donde normalmente ella la ponía, se acercó y con delicadeza la tomó en sus manos, la dobló, con estoica parsimonia la puso en su lugar, siguió el rastreo,  entonces vio su cama inclinada sobre un costado, mantenía un precario equilibrio que parecía perder a instantes, junto a ella encontró el colchón abatido, que en su caída enredó sábanas y cobijas a la cortina de la regadera, desgarrándola y tirando a su paso los accesorios de baño, jabón, champú, cremas se abrieron vaciándose en un batidillo multicolor de tonos pastel, congelada por un instante miró con lejanía aquel amasijo, por última vez se detuvo, como cuando por primera vez llego al diminuto cuarto, cerró el puño y dio un paso al frente, moviéndose con mesura de un lado a otro en la habitación.

     Tiró del costado la cama bajándola con cuidado, al tratar de acomodar fue que al fin lo vio, la tabla que antaño fuera su escritorio, habría sido arrancada con furia de la mesilla donde tenía la estufa, los dos palos que hicieron de patas retorcidos aún se sujetaban, asiéndose con cuidado del destrozado mueble, logró hacer espacio para la cama, y ya sin pensar tomó de un costado el colchón y esforzándose lo jaloneo para levantarlo, de improviso sintió que su peso se reducía y le fue muy sencillo acomodarlo, fue entonces que vio al joven con voz de hermano que le ayudaba, el chico sin aparente esfuerzo, acomodó el colchón sobre la cama, superponiendo los cobertores en desorden, regresando la vista de inmediato a Candy que confundida lo miraba admirada, por lo que quiso de corazón agradecer, y no pudo, en auto defensa se había bloqueado, en ese momento no fue capaz de recibir aún menos entregar algún sentimiento, y a pesar del frio silencio, en sumiso reconocimiento inclinó con devoción la cabeza, el breve gesto se interrumpió pues al fondo Candy escuchó un taciturno lamento, era el crio, que en brazos de la menuda mujer, que al menos en apariencia era su madre, ya despertaba, parada en el umbral de la puerta tras la mujer del bastón miraba de lejos la escena, tal vez por ser madre activa, atenta al mínimo detalle, podía en esotérica adivinanza descifrar, ella fue capaz de leer a Candy, y comprendió.

—Wicho vámonos, Teté ya está con hambre.

     El joven que la mujer identificó como Wicho volteó alternativo a la que parecía ser su pareja primero, después a Candy, que absorta se aproximaba a la regadera, donde mirando la turbia mezcla, se inclinaba, y con tersa delicadeza levantaba con cuidado procurando conservar tanto líquido como fuera posible en los contenedores, la inútil tarea le parecía, como era, un grito desesperado, la quiso ayudar, pero él comprendió, ella estaba fuera de su alcance, y sin intentar simplemente desistió, con una breve sonrisa caminó a la salida, las mujeres de inmediato retrocedieron y en medio de un sepulcral silencio, se fueron.

     Candy pudo entonces sentir de nuevo, en medio de la iracunda desesperación retrocedió un paso para sentarse en la orilla de la cama, cerró los puños enterrándose las uñas al punto de dolor pero incapaz de llorar, respiraba lento y profundo, mirando como el antes nuevo enjuague estaba casi vacío, así envuelta en rabia se levantó y apretando los dientes buscaba una lágrima para su consuelo, enervada se levantó y dio un breve paso, un sonido arenoso la detuvo, era lo que fue su espejo, que casi todo se había convertido en un filoso polvo brillante, retrocedió un poco, de la nada, simplemente, su enardecida rabia, se esfumó, dejándola en un vacío éter, como provenientes en un oscuro oyó, lentamente a sus ojos aparecieron primero los destellos del vidrio pulverizado, junto al polvo retorcida y aun entera, la cajilla con anticonceptivos, el cepillo, maquillaje, además hecho un montón de leña su mal llamado tocador.

     Todo habría acabado aplastado por el pesado metal de la cama, y fue que de lejos en un tenue pero sólido centelleo la llamó, bajo los retazos de pinturas y cremas, un pequeño cuadro deforme del que antes fuera su espejo, del tamaño de su palma, que con filosas puntas había sobrevivido, sus ojos de nuevo de la nada cambiaron, tornaron a ese frenético brillo resuelto que no le permitía retroceder e irremediable la empujaba siempre adelante, levantó con cuidado el retorcido cuadro del espejo y en pequeños saltos eludió los fragmentos y cremas, con decidida certeza rodeo la cama, para encararlo de frente, despedazada y al parecer sin posibilidad ninguna de reparación, la estufa y su mesilla arrojada hacia tras, esparciendo las reservas de la escuálida alacena, pisoteados estaba la carne seca, las verduras y los condimentos, los cuales se revolvían en un pastoso revoltijo inservible.

     Otra vez, en pequeños saltitos, rodeo con cuidado el asqueroso batidillo, buscó en los retorcidos escombros de su alacena, rastreando hasta encontrar un pedazo de periódico viejo, envolvió con cuidado lo que quedó de su espejo, y lo guardó en la bolsa de mano que en ningún momento se había quitado, en una ficticia calma casi creíble, se detuvo a valorar el caótico estatus de los muebles de cocina, y desenredando un poco el cable para corriente, haciendo a un lado las maderas extrajo con meticuloso cuidado la estufa, con sigilo artesanal la rearmó, llegó a la gruesa resistencia, al fin una buena noticia, estaba entera e inspiró recordando satisfecha, ella se tenía un dicho, si la resistencia sigue entera, la puedo reparar, y continuó la inspección, en una mueca encontró el termostato que regulaba la temperatura, estaba demasiado dañado, habría que cambiarlo.

     En ese instante lo reflexionó, este daño, la cama, los accesorios de baño, el espejo, la estufa, no era casualidad, buscaban algo, y hasta entonces roto la vista a su mal llamado closet que estaba destrozado, la cortinilla rasgada, el travesaño quebrado dejando una amorfa pila de ropa, la sola visión constipo su ahora frágil corazón, dejó con tierna calma la estufa sobre la cama y lentamente se acercó a ese alcor multicolor, donde su temor se convirtió en cruel realidad. Casi hasta arriba, dos cajillas de cartón, abiertas, ya vacías, ahí estaba su dinero, centavo por centavo, todo su dinero se había esfumado, sin una razón, solo así, sin un cómo, ni por qué, y aun así, aferrada al delgado hilo que la sostenía se mantuvo erguida frente a el caos, por lo que recapituló, lo más importante, en ese momento, era la renta, el hombre encargado, Don Carlos, aunque considerado para ella como buena persona, era implacable, si la renta no se cubría en los primeros cinco días del mes, sin miramiento, el inquilino era literalmente desalojado.

     Ella no tenía forma de juntar la cantidad que requería, era muy simple, ya no podría vivir ahí, en su desesperación no podía ni tenía tiempo para el lamento ni el enojo, arrastrada en un vertiginoso remolino, decidió que no quería defender lo indefendible, si de cualquier forma se tenía que ir, lo haría a su manera, y hoy, ahí, ya no quería estar, rápidamente tomo su mochila, con furia tomó varias prendas que lo mismo era ropa común que de trabajo, y las empaco con prisa, levantó lo que pudo de la regadera, la comida y lo puso en lo que quedó de la caja de su despensa, con sobria altivez, sin arrebatos tomó sus cosas, se paró en la puerta, pero no por nostalgia, revisó enlistando los objetos que tendrían prioridad, tocando con la mirada cada uno, si, recordó que olvidaba algo, en el suelo aun costado y tirada entre el fino polvo del espejo estaba la cajilla con anticonceptivos, la recogió al tiempo que abrió su bolso de mano, y la guardó, de nuevo se detuvo, revisó, sin estar del todo segura decidió que era todo, ya era hora de partir, rodeo la cama con calma, miró por última vez las cajillas del dinero, tomo la caja de enseres del suelo, y aló de la puerta, avanzó un paso, en un solemne silencio se detuvo y miró la ensortijada aldaba, subiendo lentamente la vista hasta la esquina, ahí la cabeza de un tímido clavo sobresalía, ella lo contempló y recordó que el primer día cuando luchaba por abrir por primera vez la puerta lo vio, sin sentido ni utilidad, como lo fue ese día lucia imperturbable, eso llamo al espectro del pasado que en un fantasmal balbuceo le trajo los sonidos del ayer, cuando sin otra razón que la obscena satisfacción de un pedófilo, se vio recogida y sumisa en un rincón, sollozando el dolor del estupro, sintió la misma violenta invasión que desgarró su intimidad, pero en este hoy, ya como mujer, estaba curtida, hecha a soportar y con la petulancia de la tenacidad, se irguió, para a partir de ahí continuar.

    Así a trasfondo en el departamento contiguo, se escuchó el llanto del que en su momento fue el estridente chirrido de un crio, y ella ahora identifica como Teté; se abrió a escuchar, por última vez la vida del edificio, en apacible indiferencia televisores, pláticas y murmullos de amor, se fundieron, le dieron un tranquilo momento de fuga, donde se recordó tomando una agujeta de su tenis para amarrar la aldaba a manera de endeble cerrojo, un parpadeo después en la entrada en el edificio, sola, parada al pie de la escalera, en la noche tibia, tomó una decisión que sin saberlo, seria crucial para ella, ¿a dónde ir?, tenía tres opciones: Perla con su hijo en un cuarto muy pequeño, el hotel donde trabajaba, para pagar la altísima cuota diaria, en todo caso, hasta que lograra la renta de otro departamento, descalificando las opciones sin pensar demasiado, se afianzó la caja, se acomodó la mochila a la espalda, y en sabia conclusión se encaminó a su tercera opción.

     Adrián que seguía una cómoda disciplina, donde llegaba a su departamento, -apenas cerrar la puerta activa el computador, al tiempo que encendiendo una parrilla calentaba agua para preparar un reconfortante café, que, en paradójica realidad, para él, es un relajante estímulo, la realidad es que llegaba cansado y con sueño, pero le gustaba releer un poco los mensajes de sus interlocutores, los clasificaba en análisis rápido, si hubiera alguno que pareciera interesante, lo contestaba de inmediato, el caso es que en ese momento hubo uno que resaltó, en incómoda insistencia de Alvin97, que preguntando por la diferencia de velocidad y tecnología, con intrigada paciencia. Adrián comprendió que él debía ser joven e impaciente, se tomó unos minutos para buscar referencias y contestar con precisión científica, así y sin notarlo pasó más de una hora, donde en una serie de argumentos por demás sólidos el concluyó que su primera respuesta era correcta, satisfecho sonrió para sí, zanjando el tema leyó por tercera y última vez las preguntas buscando alguna interesante, pero incluso en afanoso rastreo nada llamó su atención, aburrido y sin quehacer supo que era hora de dormir, en ese momento una sutil campanilla sonó, espontáneamente un recuadro se abrió en la pantalla, vio que una pregunta entraba, y más por curiosidad que por verdadero interés se contuvo y quiso revisar, en un lejano eco que reverberó, en un tenue balbuceo se escuchó el llamado a la puerta, en un principio le pareció un juego loco de su imaginación.

—Soy Candy.

     Se oyó un siseo casi inaudible tras la puerta, aun sorprendido, al punto de que parecía genuina preocupación se levantó, al tiempo que giraba ligeramente la cabeza agudizando los sentidos.

—¿Candy?

     Por un segundo que pareció extenderse a una eternidad, no se oyó más que la opacidad del silencio, dispuesto a recular y pensar que fuera parte de su enfermedad Adrián de nuevo sospechó que era solo su loca imaginación.

—Por favor abre.

     No, de ninguna forma era su imaginación, si, Candy tocaba a su puerta, a mitad de la noche, más aún, en torno de lo que por norma se entendía por la madrugada, incluso para él era obvio que eso no era de nada normal, que aquello debía ser una gran emergencia, así que apresurándose a traspiés jaloneo un poco el bolso de su pantalón para sacar la cartera que a su vez contenía las llaves, así con la misma intranquilidad pero en calma medida, las tomó  y mientras abría uno a uno los cerrojos por simple inercia se asomó por la mirilla, pudo, ya sin lugar a duda, ver a Candy que frente a ella sostenía un gran bulto, que por amorfo no supo definir.

     Impasible, no parecía correr ninguna prisa, al ceder el último pasador y abatir la puerta, halló los ojos entristecidos de la joven, y se congelaron mirando de frente uno al otro, ahí, hoy, ahora, ese fue su momento, se encontraron, enlazaron con una mirada su destino; y como nunca ambos sintieron del otro su esencia, envueltos en un sentimiento que de la forma más pueril se define como amor, no fue nunca romántico, menos aún carnal, que sin ningún otro parentesco que su humanidad solo se podría definir como filial, y se liberaron, Candy con la fuerza de su dolor en una afónico grito se lanzó hacia Adrián, se afianzó a él, y con amarga desolación lloro, lloro y lloró...él confundido, sintió una ajena sensación de amparo para aquella que en adelante por axioma seria toda su familia, tomó así en un insólito acto la única decisión moral correcta y con la misma fuerza que ella, la abrazó, dejando que vaciara todo el peso de su desconsuelo, escucho con taciturna calma cada sollozo, esperando, hasta que de ella llegó el sosiego en medio de pequeños gemidos empezó a hilar pensamientos y en el fondo palabras.

—Ya, ya… yo puedo… —gimió pesadamente mientras soltaba a Adrian —ya estoy bien.

     Él supo entonces que ella solicitaba que la soltara, que ya podía valerse por sí misma, mientras se separaban ambos notaron que la caja que antes fuera la despensa de Candy estaba en el suelo, si, algunas cosas se habrían salido, bien eran las menos, les impedía moverse sin que una u otra cosa rodara fuera, mareada con la visión borrosa, Candy, parpadeando con rapidez miró el suelo revisando la situación, de repente se encontró esquivando con cuidado para no pisar o dañar más.

—Hou —Apuntó Adrián mirando el suelo —creo que nada se rompió.

     Parada frente a Adrián, que la miraba distante, entendió lo extraño que sería para él, eso descontando lo incómodo, y sintió vergüenza.

—Disculpa… yo… no quise ensuciar.

     Adrián que efectivamente, no terminaba de comprender, vio incrédulo a Candy, como ella revisó el suelo y el concierto incongruente de objetos en él.

—Hou —protestó inquieto — ¿para qué son estas cosas?

     La pregunta tomo eco en la psique de Candy, que aun ligeramente mareada se secaba con cuidado las últimas lagrimas que aun rodaban en sus mejillas.

—Si, bien… —respondió negando inclinándose para recopilar y reorganizar la caja —son cosas… son, las que pude rescatar.

     Adrián cada vez más intrigado la miró con curiosidad y como ella, él se inclinó para ayudar a recoger.

—¿Rescatar?

     Aunque en realidad ella casi terminaba fue gratificante sentir su ayuda, ya acomodado, se incorporaron, sin dar oportunidad, Adrián se hizo de la caja y la llevo a la mesa al tiempo que Candy cerraba la puerta.

—Si —respondió Candy, cerrando los pasadores, en una tétrica pausa —tuve un problema, no sé a dónde ir, y…

     Dijo al tiempo que bajaba la cabeza, apretando los dientes, si, había llorado hasta drenar con creces todo su dolor, ya no podía, ya no quería continuar, así que, con la altivez del orgullo, inmersa en la tozuda perseverancia, tomó aire.

—Hou, ¿ir?, ¿ya te vas?

     La cálida inocencia de Adrián le parecían un hermoso islote donde hacer reposta, eso por un instante le hizo olvidar, por lo que una chispa saltó y en una pequeña risilla negó con alegría.

—No… en realidad… —retomó con cuidado, pensando las palabras, y llegando a la conclusión de que solo habría una forma de decirlo, e incluso Adrián sería capaz de entenderlo —necesito que me cuides.

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