CAPITULO 4

EL PRINCIPIO DE LA INVESTIGACIÓN

—¿Nos conocemos? —entorné los ojos ante sus palabras.

—Digamos que sí…

—Yo no recuerdo haberlo visto en mi vida.

—Conocí a Cristopher Williams; ¿su gemelo? —enarcó una ceja.

—Supongo que por el crimen que le quitó la vida —dije suspirando y negó.

—Tuvimos un negocio.

—¿Qué tipo de negocio?

—Pues, no sé si esté enterado, pero su hermano me pagó, junto con otro hombre que creo era el cerebro de todo, para que enviara a un tipo a prisión.

—¡¿Qué?! —dije con incredulidad y el hombre sonrió—. ¿Recuerda el nombre del otro sujeto?

—No; pero estoy seguro fue quien ideó todo aquel macabro plan.

Suspiré, tragando con dificultad.

¿Y si Eleanor tenía razón y Cristopher solo recibió lo que buscaba?

Estaba comenzando a pensar que no sabía nada de mi hermano y que del muchacho que dejé atrás hace quince años, no había quedado nada.

Saqué del bolsillo de mi pantalón un papel, donde había anotado el nombre de Henry Ross y lo arrastré sobre la mesa hasta dejarlo frente a él.

—Necesito saber todo acerca de este hombre —el señor Storm tomó el trozo de papel y lo miró con atención, frunciendo el ceño. Luego entornó los ojos y sonrió con sarcasmo, dándome a entender que lo conocía—. ¿Sabe quién es?

—Es el tipo al que su hermano envió a prisión injustamente… con mi ayuda —respiró hondo y arrugó el papel—. Por este caso, tuve muchos problemas y me dieron de baja en el departamento de policía.

—Necesito que me diga todo lo que sabe de él —hablé de modo pausado para que no se sintiera exigido—. Por favor.

—Solo sé que fueron intereses personales los que llevaron a su hermano a contribuir en aquello; ya que el hombre mantenía un romance con la señorita Staton, quien luego se convirtió en su esposa. Ese muchacho, hasta donde sabía, era el asistente personal de su cuñada pero luego se convirtió en gerente de la empresa.

—¿Estuvo con ella por dinero? —pregunté y se encogió de hombros.

—Tomé el trabajo porque creí se trataba de una persona común. Sin embargo, resultó ser el heredero del dueño de Licores Ritter… o Ritter Enterprise. ¿Le suena familiar?

Asentí.

—Entonces comenzó mi ruina… ese hombre regresó tres años después y se encargó de que me dejaran fuera de las líneas policiales para siempre.

—¿Sabe que mi hermano está muerto? —pregunté y afirmó—. ¿Cree que fue él? ¿Que ese tipo se cobró lo que Cristopher hizo?

—Ese hombre es un misterio desde que reapareció y no sabría decirle si tuvo que ver en la muerte de su hermano.

—¿Podría averiguarlo?

—Siempre que haya un pago.

—Por supuesto —respondí.

—Sin embargo, antes debe estar preparado para digerir cosas que tal vez no le gusten, señor Williams.

—¿A qué se refiere?

—Usted es distinto a él; se le nota a kilómetros y debe saber que su hermano fue capaz de muchas cosas. Incluso, mandó asesinar a Henry Ross en la cárcel donde se encontraba recluido, solo que tuvo la suerte de que su compañero ocupara su catre y muriera por él. Ese muchacho, era el hijo de un mafioso ruso… tal vez ellos fueron los culpables de su muerte. Quién sabe.

—¿Está seguro de lo que dice de mi hermano? —pregunté con la esperanza de que dijera que no, pero movió la cabeza afirmativamente.

—Creo que estaba obsesionado con aquella mujer… no lo sé; usted tal vez sepa mejor sobre el asunto que yo.

Solo me quedé en silencio, procesando toda la información que me acababa de dar ese hombre.

En mi interior me debatía entre ponerme de pie y largarme de allí, dejando las cosas tal y como estaban. Pero sabía que si hacía eso, mi conciencia no me dejaría paz.

—Necesito que averigüe todo sobre ese hombre; hasta a quien se folla… principalmente si aún se entiende con la viuda de mi hermano.

—Lo haré con gusto, no se preocupe. Solo necesitaré… —entornó sus ojos y saqué el cheque que había preparado, por la mitad de lo que habían acordado con Brandon.

—Aquí tiene la mitad —se lo entregué—. Cuando termine el trabajo, tendrá la otra parte.

—Será un placer hacer este trabajo.

—¿En cuánto tiempo cree tendrá esa información para mí?

—Tal vez me lleve unas dos semanas, aunque si dispusiera de dinero adicional, podría incentivar a mis contactos para que aceleren el paso.

—Puede usar el dinero que le acabo de dar para lo que fuera necesario. Si me entrega toda la información que estoy pidiendo en una semana, le pagaré el doble.

Se rascó el mentón y suspiró.

—Hecho —replicó, poniéndose de pie.

Lo imité y le pasé mi mano para cerrar el trato. Me respondió, viéndome con fijeza y luego negó con la cabeza, marchándose sin más.

Regresé al hotel aturdido por las palabras de ese hombre.

Me quité la camiseta y me lancé a la cama, sintiendo como el estómago se me revolvía y un enorme bulto se instalaba en mi garganta.

¿En quién demonios se había convertido mi hermano?

Tomé el teléfono para marcarle a Eleanor, sin embargo, lo devolví a su sitio porque no estaba listo para repetir las palabras que había escuchado.

Cogí el ordenador y lo encendí, con la intención de buscar información sobre los Ritter.

Pero solo me topé con información referente a la empresa.

La volví a guardar con frustración y de mi mochila, extraje los papeles y la fotografía que me habían hecho llegar. La miré de nuevo y la convicción de que estaba haciendo lo correcto, regresó a mí.

Que Cristopher se hubiera equivocado, no le daba derecho a nadie a quitarle la vida del modo en que lo hicieron: como un perro sucio a quien luego lanzaron al más oscuro callejón de los suburbios, como si no le importara a nadie.

Respiré hondo y me di una ducha, con la intención de ir a la cama para tratar de dormir, aunque sabía me costaría conseguirlo.

***

En la mañana siguiente, decidí rentar un coche para poder moverme a mis anchas. Nueva York era una ciudad imposible y detestaba aquel tumulto de gente a la que parecía no importarle nada más que andar de prisa de aquí para allá.

Había pensado durante toda la noche si era correcto regresar a aquel lugar, pero necesita saber más de mi hermano y aunque les importara un carajo el bienestar emocional de sus hijos, los únicos que podían darme lo que necesitaba, eran Robert y Olivia Williams; los seres que nos habían procreado.

Aparqué delante de la mansión que antaño fuera mi casa, emitiendo un largo bufido. Se veía bastante desmejorada, con la fachada gastada y descuidada.

Crucé el pequeño portón de hierro negro, caminando por el jardín delantero desprovisto de flores y el césped seco.

Golpeé la puerta principal varias veces, hasta que un hombre calvo y la piel del rostro completamente arrugada, abrió.

Lo miré sin inmutarme y él solo entornó los ojos sorprendido de verme… otra vez.

Se hizo a un lado, dándome paso a que abriera por completo la entrara y siguiera tras de él.

—Una vez juraste que jamás regresarías —fue lo único que dijo y suspiré.

—Solo vine por respuestas.

Él sonrió y caminó hasta el salón, con su vieja caja de puros cubanos.

Tomó asiento en un sillón viejo, cruzándose de piernas y sacando el habano de la caja para cortarlo y llevárselo a la boca.

—¿Tienes fuego? —dijo él, con aquella voz robusta que me había costado arrancar de mi cabeza.

—No fumo —repliqué y afirmó, buscando en sus bolsillos y extrayendo un encendedor.

Prendió el puro y caló hondo, lanzando el humo y suspirando.

—Había olvidado que detestas los vicios.

Presioné mis puños y miré alrededor; la casa se encontraba casi vacía, sin muebles, sin adornos o cuadros que antes decoraban las paredes.

—¿Estás bien? —dije, intentando hacer a un lado mi rencor.

—¿Acaso importa? —retrucó y suspiré.

—Aunque a ninguno de los dos nos agrade, somos familia.

—Pues diciéndolo de ese modo, tienes razón —se puso de pie y pude notar que había adelgazado extremadamente. El traje viejo le holgaba, pero aun así, destilaba prepotencia y altanería—. ¿A qué has venido?

—Olivia… ¿cómo se encuentra? —hablé, haciendo alusión a mi madre.

—Después de la muerte de Cristopher, nos quedamos en la ruina y ya te imaginarás donde se encuentra; en la cama, amargándose y amargándome la existencia con sus estúpidos lamentos. No puede entender que eso, no nos devolverá a tu hermano —en el matiz de su voz, noté dolor y suavicé mi semblante y mi actitud.

—¿Necesitan dinero?

—¿Acaso quieres ayudarnos?

—¿Necesitan dinero? —volví a preguntar.

—¡Por supuesto que sí! Estamos en la ruina y dentro de poco, viviremos en la calle como indigentes. El banco ha embargado todos nuestros bienes, incluso esta casa y tenemos tres meses para salir de aquí, aunque tu madre se niega a abandonar su hogar.

—Veré que puedo hacer —respondí. Para bien o para mal, eran mis padres.

—Como desees —dijo orgullo y negué con ironía—. ¿A qué has venido realmente?

—Quiero saber todo lo concerniente a Cristopher…

—¿Ahora te importa tu hermano? ¿Después de muerto?

—Siempre me ha importado.

—Es fácil decirlo así, como lo estás diciendo.

—Resolveré el problema de la casa, a cambio de que me digas todo lo que necesito saber, ¿estás de acuerdo?

Su semblante cambió porque sabía que no estaba bromeando y que si no colaboraba conmigo, lo dejaría a su suerte sin contemplaciones.

—Siéntate y has las preguntas que quieras; responderé lo que sé.

Tomó asiento nuevamente en el viejo sillón y yo hice lo mismo, delante de él.

—¿Cómo fue que Camile aceptó casarse con Cristopher? —inicié y él sonrió.

—Eso mismo me sigo preguntando —caló su puro y lanzó el humo—. Tengo entendido que Daniel, ¿lo recuerdas? —preguntó antes de seguir y negué—. Daniel Adams, le ofreció un trabajo, ya que había comprado acciones en Staton Company. Luego de aquello, inesperadamente, apareció un día diciendo que el siguiente fin de semana se casaría con Camile.

»Tu hermano estaba feliz, en cambio la novia, parecía estar acudiendo a su propio entierro. Todos pensamos que tal vez tuvieron un accidente y se embarazó, y que por ese motivo se casaban de repente, pero después de la boda, no volvimos a verla… hasta que hace un año y unos meses, nos enteramos por el periódico que se comprometía con otro hombre.

—¿Camile se volvió a casar? —indagué y negó.

—Si lo hubiera hecho, los escasos amigos que nos quedan, hubieran venido a traernos el chisme.

—¿Recuerdas el nombre de su prometido? ¿De casualidad se llamaba Henry?

—No —negó y fruncí el ceño—. Se llamaba August Anderson; un médico.

—¿Estás seguro?

—Lo estoy.

—¿Qué ocurrió luego de que Cristopher muriera?

—Ella reapareció para hacerse cargo de la empresa, con un hijo al que nunca vimos, pero que las malas lenguas dicen no parecerse en nada a ella, ni a tu hermano. Edward, la mano derecha de George en vida, tomó las riendas de todo y cuando fui a reclamar una parte de los bienes de Cristopher, dijo que no había dejado nada, que había tomado malas decisiones, dejando la empresa en manos extrañas y que estaban haciendo lo posible por recuperarla.

—¿Camile tiene un hijo? —indagué sorprendido.

—Eso dicen.

—¿Y no se han molestado en conocerlo? ¿En averiguar si es o no hijo de mi hermano?

—Dicen que es moreno, con los ojos más oscuros que la misma noche y el pelo azabache. Dime; ¿crees que tengo alguna duda de que no es hijo de tu hermano? —increpó y suspiré. Tal vez, tenía razón.

—¿Qué dijo la policía sobre su muerte?

—No le dieron demasiada importancia —se encogió de hombros con resignación—. Tu hermano era adicto a la coca, bebía seguido y a menudo, se metía en problemas. Solo dijeron que fue una riña entre consumidor y distribuidor, y que era un desenlace común para las personas como Cristopher.

Miré a la nada por unos segundos.

Camile era la clave de todo esto… y también Daniel Adams, a quien vagamente comencé a recordar. Él lo llevó a Staton Company y luego se casó con Camile; debía de existir algo que uniera o tuviera que ver, entre esas dos situaciones.

—¿Por qué tu interés? —la voz de mi padre me devolvió de mis pensamientos.

—Estoy seguro que a Cristopher lo asesinaron y que todo gira en torno a Daniel Adams y Camile Staton.

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