*CAPÍTULO 2*

Julia, estaba sentada bajo el árbol de mangos con la mirada perdida en el horizonte, mirando, pero sin mirar a nada en específico, sus pensamientos no dejaban de fluir.

No le agradaba la idea de que ese hombre tuviese tanto tiempo en su casa, la atormentaba la idea.

Tomó una flor de una pequeña planta que estaba cerca, y sintió nostalgia porque tenía días que no veía a Héctor. Su amor por él crecía en silencio, disfrutaba de las pequeñas cosas de la vida; el olor de las flores, el agua del río, la alegría de estar en familia, mirar la alborada y los atardeceres. Dejó escapar un largo suspiro y la voz de su hermana la trajo de vuelta a la realidad.

-¡Julia!. . . ¡Julia!- llegaba corriendo hasta ella.

-Cecilia. . . ¿qué sucede?- se levantó preocupada.

-Padre te necesita- anunció.

-¿Sucede algo malo?- sus ojos estaban abiertos.

-No lo sé- se encoge de hombros- se encuentra con el señor Centeno de las Casas, me pidió que viniera por ti- las palabras de su hermana mayor hicieron que el aire se escapara de sus pulmones. De nuevo ese mal presentimiento en su pecho.

-Vamos- le dijo a Cecilia, quién caminó a su lado. Al llegar a la casa sintió ganas de salir huyendo e internamente todo en ella temblaba.

-Están en la habitación de padre- Aquella habitación era llamada así porque era de uso exclusivo de su padre y la entrada de las mujeres era limitada sólo al momento de hacer la limpieza.

Llamó y la voz de su padre le anunció que podía entrar. Cecilia, le hizo señas para que entrara y muy a su pesar lo hizo.

-Dispense la interrupción, padre- bajó la mirada- Cecilia me ha dicho que desea usted verme.

-Así es, acércate muchacha- ella obedeció en silencio hasta quedar junto a él- ¿Sospechas por qué el joven Centeno, se encuentra aquí?

-No padre- respondió con cada célula de su cuerpo tiritando.

-Te lo explicaré Julia, él joven ha venido con una propuesta de matrimonio para ti.

De inmediato, nuevamente el aire escapa de sus pulmones y siente el deseo de desmayarse.

¡No!

¡No puede ser!

¡No le podía estar ocurriendo aquello!

-Padre. . . – levanta su vista hacia él, sus ojos están cristalizados y llenos de angustia.

-Julia. . .- la voz de aquel hombre llegó hasta ella- sé que quizás te sorprenda un poco mi propuesta, pero le aseguro que tendrá una buena vida a mi lado. He conversado con tu padre y si me aceptas. . .

-Señor- le interrumpió con voz temblorosa- ¿qué le ha respondido mi padre?

-Que la decisión debe tomarla usted- responde con voz firme- le he dicho que no creo que se negara usted ante mi propuesta, ya que es honorable, pertenezco a una buena familia y. . .

-Dispense señor- le interrumpe- ¿Padre?- lo mira con ojos suplicantes.

-Julia. . . te hice una promesa y no faltaré a ella. Si decides casarte; te apoyaré, pero si por el contrario decides que no lo deseas; también te apoyaré- le dijo con voz firme y Julia casi lloró de alegría, su padre era duro y tosco, pero quería lo mejor para ella.

-Gracias-le susurró Julia.

-Es tu decisión, hija- repitió. Ella se giró hacia aquel hombre que le proponía tal unión y con voz firme le dijo.

-Señor, agradezco mucho su propuesta y me halaga que entre tantas mozas, decida usted colocar sus afectos en mí, pero de la manera más amable declino su propuesta. Lo lamento señor, pero no puedo casarme con usted.

La cara de Juan Miguel Centeno de las Casas, que hasta el momento estaba cargada de seguridad e ironía, se quedó sin color, estaba evidentemente sorprendido de ser rechazado, había dado por sentado que ella aceptaría. Ninguna joven en su sano juicio se atrevería a rechazar una propuesta de su parte. ¿Quién se creía Julia Bastida para someterlo a semejante humillación?

¡A él!

¡A Juan Miguel Centeno de las Casas!

-Señorita Julia, creo que debería considerar mi propuesta- apretó los dientes- mis intenciones son las más honestas. Creo que, debería al menos pensarlo.

-Comprendo claramente que sus intenciones son honestas caballero, sin embargo me temo que mi respuesta es la misma. No deseo casarme con usted.

-Muy bien- se puso en pie y se colocó su sombrero, mirándola con frialdad y casi desprecio- ningún motivo me retiene ya en este lugar. Sin más me retiro, un placer verle nuevamente señorita Julia, espero dispense mi atrevimiento. Hasta luego señor Bastida, ha sido un placer.

-El placer ha sido mío, muchacho- le respondió sincero- espero verte luego.

-Así será- puso nuevamente sus ojos en Julia- que tengan buen día.

Cuando Julia le vio marcharse, volvió a respirar tranquilamente.

-¿Tanto te desagrada ese hombre, Julia?

-No padre. Es sólo que. . .

-Es un buen muchacho, es de buena familia, es elegante.

-Y presuntuoso, y atrevido, no me agrada como sus ojos me miran, padre.- le confesó sincera.

-Es porque te encuentra atractiva- le respondió conteniendo la risa.

-No me agrada que me mire así- casi sollozó- no me agrada padre y le agradezco que mantenga su promesa.

-Y la mantendré siempre Julia, mis hijas se casaran sólo con quién lo deseen, no les obligaré.

-Gracias- respondió feliz.

-Ahora márchate, yo debo concentrarme en la faena del día.

-Como usted diga, señor- se marcha feliz.

-¿Qué sucedió, Julia?- preguntó Fania.

-¿Para qué te quería padre?- indagó Cecilia.

-He recibido una propuesta de matrimonio- confesó avergonzada y sus hermanas gritaron felices – la he rechazado- interviene y la felicidad de ellas se esfuma.

-¡No puede ser Julia!- dice Fania.

-Eres la menor y recibes una propuesta de Juan Miguel Centeno de las Casas, y te das el lujo de rechazarla Julia, no puede ser cierto.

-Padre me prometió que sólo me casaré con quién yo desee, él no me impondrá marido.

-Eres una tonta- le aseguró Cecilia, nunca recibirás otra propuesta de su parte.

-Es lo que más deseo- aseguró ella, queriendo que fuese cierto.

Juan Miguel Centeno de las Casas, salió hecho una furia de la casa de los Bastida, jamás en la vida se había sentido tan humillado y menospreciado, sentía a su corazón palpitar en sus oídos, la vergüenza lo hacía querer gritar y descargar su ira contra cualquiera que se cruzara en su camino.

Pero si algo estaba seguro es que aquella humillación no quedaría sin cobrar, sea como fuere; Julia Bastidas sería su esposa, de eso no había dudas.

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