Capítulo 9

Estaba fuera de su cuerpo, no podía escuchar nada, no sentía. El frío tenía ese poder. En algún punto olvidó que tenía manos y que debía moverlas. Katerine olvidó que tenía un cuerpo y su mente se llenó de recuerdos. Recordó a Jolsen en la fiesta insultándola y retándola a ir al bosque de Fría.

Quiso reírse, realmente lo intentó, pero su rostro se había entumecido mientras metía nieve en la cubeta.

¿Qué diría ese hombre ahora?, Porque Katerine no solo se había metido en el bosque, sino que también en la montaña prohibida.

Fría.

Déjame salvar a tu niño, déjame arreglar lo que he estropeado, rogó en su interior intentando recuperar la movilidad.

Ni siquiera pudo salir de la cueva en la que se encontraba, los vientos eran violentos y no tuvieron ningún tipo de piedad por su voluntad humana. Por suerte consiguió nieve un poco antes de salir al infierno en el que no viviría más de dos minutos. Sin embargo, ella pudo sentir la fuerza del azote gélido.

Le costaba respirar, muchísimo.

Pensó que moriría allí mismo, hasta que escuchó la voz de su madre.

«Eres una completa inútil, no puedes llevar el maldito balde unos pocos metros», se reía como solo esa mujer era capaz de hacerlo. «Es increíble como todo lo que tocas lo arruinas, incluso las leyendas».

No.

No iba a permitir convertirse en eso, Katerine sabía a la perfección que no era una inútil. Ella había peleado por su vida, hasta el último segundo y jamás permitiría que alguien resultara herido por su culpa. Nunca más.

Sigue adelante, se recordó a sí misma. Sigue malditamente moviéndote.

Le dolió cada parte de su alma, pero lo hizo.

Su visión estaba borrosa, pero incluso si no podía ver, ella sabía que se lanzaría a través de la oscuridad por él. Porque él había extendido su mano a ella y fue ella quien lo soltó.

Había recibido una orden clara, aunque él no sabía comunicarse correctamente, ella le había entendido, pero por estupidez o curiosidad -la verdad no podía recordarlo- ella simplemente decidió olvidar las advertencias.

Si algo le pasaba a ese hombre salvaje sería su culpa.

Ella estaba cerca, podía escuchar maravillada de nuevo el agua.

Cuando pudo verlo, aunque en tinieblas, se lanzó hacia él y solo vació la cubeta sobre su pecho, tomó en sus manos y esparció sobre su rostro. Entonces se hizo a un lado y esperó. Lloraba por dentro y no podía dejar de pedirle a cualquier dios que estuviera escuchando que lo ayudara.

Su llanto interno la cansó de tal manera que terminó por colapsar.

*****

Escuchaba que la llamaban pero ella no quería despertar. Tenía sueño y estaba tan cansanda, solo quería seguir en la oscuridad, sin saber que era ella o su vida.

—Despierta.

Sus ojos se abrieron con pesadez, realmente no quería hacerlo, pero cuando vio esos ojos grises que la habían perseguido desde la primera vez que lo vio no pudo evitar exaltarse.

Y lo abrazo, con fuerza.

—Maldición, lo siento —jadeó, estremeciéndose por el contacto con su piel fría—. Lo siento tanto, casi mueres por mi culpa, soy tan estúpida, lo siento.

Las manos de él se posicionaron en sus caderas y fue cuando se percató de que estaba desnuda. Él se alejó de ella en un movimiento extraño, desde varios metros de distancia la miró acuclillado. Ella se vio a sí misma, tenía su ropa interior y la ropa que vestía estaba sobre una roca, lo único que tenía para cubrirse era la manta de piel que él debió traerle. Cuando volvió a mirarlo lo notó distinto, su piel estaba distinta, su respiración era pesada y tenía sus ojos oscurecidos.

—Irme —le dijo.

Ella se asustó.

—¿Qué? ¿Por qué? ¿A dónde?

—Irme —insistió él mirando hacia el túnel—. Necesito...—vio como le temblaba la boca—. Fría.

El frío.

Él seguía necesitando más.

—Ve —asintió.

Él vaciló mirándola.

En ese momento ella se percató de que su piel se encontraba caliente, muy caliente. Estaba sudando pero aun así tenía frío. Tenía fiebre, otra vez.

—Ve —suspiró ella, estirando su mano con esfuerzo para tomar el bolso donde sabía que había otra muda de ropa.

—In —soltó el hombre en una respiración baja—. Quedarse.

Entonces desapareció.

Katerine no se preocupó, sabía que él lo necesitaba y además, ella podía cuidarse sola. Ella no era responsabilidad de ese hombre salvaje y tuvo que recordarse eso. Pero sí se preocupó después, cuando al despertar de otro sueño para nada reparador se dio cuenta de que él aún no llegaba.

¿Cuánto tiempo había pasado? Ella no lo sabía, pero tenía la sensación de que todo se volvía eterno.

Ella lo esperó, intentó no dormirse ni desmayarse. Pero pasó un día y él no llegó. Luego pasó otro más.

Y el hombre salvaje no llegó.

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