2. Desconcertado

Daniel regresó a la casa, pero de muy mal humor, a él no le dirigía la palabra ninguna mujer sin su consentimiento- algo que casi no sucedía porque no lo soportaba—le irritaba y en su primer día de clase esa estudiante se había acercado a él y había intentado coquetear frente a él, ¿es que no podía cada uno llevar el papel que le correspondía? Eran estudiantes y a eso deberían dedicarse, únicamente a estudiar o al menos no a conquistar a los profesores, esa simple idea le ponía enfermo, detestaba que alguna chica se le acercara y mucho menos que le dirigiera la palabra, no podía olvidarse de esos acontecimientos y en momentos que se prolongaban las escenas en las que tenía que halarle a una, se ponía enfermo durante ese día entero, era inevitable, pero por suerte, sus conocidos sabían cómo tratarle.

Eran las cuatro de la tarde cuando había llegado, encontró a su hermano en el salón jugando a la consola.

—¡Al fin llegas! ¿echamos una partida?

—Lo siento, ahora no.

—¿Te encuentras bien broth?

—Claro, pero luego hablamos ¿sí? 

—Okay.

No iba a insistir, sabía que a su hermano no le gustaba que le insistieran sobre todo cuando no se sentía bien por lo que iba a darle algún tiempo para que se mejorara. Probablemente tenía que ver con alguna chica, era lo único que conseguía ponerlo de mal humor.

Daniel subió a su cuarto. Se echó en la cama con la vista puesta en el cielorraso, iba a pensar, pero ¿en qué? No había pasado nada, no había tenido que hablar con ella ni siquiera, pero por qué simplemente el hecho de que ella le hablara le hacía sentirse tan mal ¿Qué le pasaba? Después de darle tantas vueltas a la cabeza, se puso de pie y entró en el baño para darse una ducha. Se dio una ducha fría y regreso a su cuarto después de haberse secado. Una vez cambiado llamaron a la puerta, era Nicolás.

—Adelante—le invitó a entrar.

Entró este. 

—Es hora de cenar ¿vienes?

—Por supuesto, ahora bajo.

—Te he notado algo raro—se acercó a él. —¿sucede algo?

—No, estoy bien.

—Es por una tía ¿cierto?

Daniel lo miró, sí que su hermano lo conocía muy bien.

—Pero si te conoces la respuesta—ironizó

—Broth, no puedes seguir así, te pone muy mal—parecía preocupado.

—Ya—forzó una sonrisa dándole una palmaditas en el hombro—ahora vamos a cenar.

Los dos bajaron al salón donde estaba Eduardo esperándolos, miraba el periódico en el sofá,

—¿Qué tal la jornada hijo? —se refería a Daniel.

—Bien, supongo.

—¿Cenamos? —preguntó poniéndose en pie y acercándose a la mesa del comedor

—Claro.

Se sentaron a la mesa, ya Silvia, la criada, les había preparado la mesa.

—¿Qué tal marcha la empresa? —preguntó Daniel mientras comían.

—Bien, de hecho, hay nuevos accionistas y por ahora todo va bien, aunque sigo esperando el momento en que decidas unirte a nosotros, todo es por vosotros.

—Lo sé, pero la universidad también me necesita.

—Sé que eres listo Daniel—colocó la cuchara sobre el plato y entrelazó sus dedos—confió en que podrás sobrellevar las dos cosas, pero el caso es que no quieres, no tienes por qué desperdiciar tu deber como abogado, eso es lo que eres en realidad.

—Pero bien que avanzáis sin mí.

—Por ahora.

—Parece que eres muy imprescindible en la empresa hermano—objeto en tono burlón Nicolás—¿Por qué no te unes a ellos?

—¿Podría ser porque no esté interesado? —le siguió la corriente—de todas formas, he estado pensado en ello, pero hay ciertas reglas a las que no sería capaz de cumplir, simplemente porque no les hallo sentido.

—¿Qué tipo de reglas son esas? —quiso saber Nicolás.

—Cosas de empresas,—les cortó Eduardo—pero cambiaremos de tema si no queremos acabar discutiendo.

Después de acabar de cenar se dirigieron al salón. Nicolás se despidió y subió a su cuarto.

—A pesar de todo tengo una sorpresa para ti.

—Una sorpresa—repitió sin mucho entusiasmo acomodándose en el sofá—¿y de que se trata?

—Eduardo cogió uno de los sobres grandes que tenía sobre el escritorio y se lo entregó a Daniel.

—Ábrelo. Sé que pensabas hacerlo tú mismo, pero me he tomado la molestia de hacerlo por ti.

Daniel miraba a su padre sin entender nada. Abrió el sobre y por fin pareció algo sorprendido.

—Vaya, los papeles del departamento.

—Sí, tu nuevo hogar.

—¿Por qué has hecho eso?

—Te has pasado casi todo el tiempo hablando sobre comprarte una casa y me he adelantado, quizás así consigamos que te replantees que es lo que realmente quieres en la vida.

—Papá, no iremos a discutir sobre el tema verdad.

—No, no. Todo lo contrario, quiero que seas feliz.

—Podía haberme pagado el departamento, ya casi tenía todo el dinero reunido.

—Sé que siempre consigues lo que te propones, pero eso quería hacerlo por ti, por algo soy tu padre.

Daniel lo miró durante un rato, de todas formas, si se iba a vivir solo, su padre no tendría más que tomar decisiones por él.

—Gracias papá—se levantó y se dieron un fuerte abrazo.

—De nada hijo, es toda tuya cuando quieras y no te olvides que también le perteneces a este lugar.

—Eso sería olvidarme de mamá y creo que me vendría bien, sin embargo aquí estaré siempre.

—Bien visto—le sonrió—ahora tengo que irme a descansar, hoy ha sido un día bastante largo.

—Buenas noches papá.

Su padre se fue a su cuarto y él se quedó en el salón, tenía ya los papeles de su nuevo hogar, ahora solo dependería de sí mismo y tomaría sus propias decisiones.  

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