Capítulo 2

Dante

¿A quién mierda se le ocurre llamar a la medianoche? Maldito teléfono. Debí apagarlo.

—Aló —contesto soltando un gruñido, odio que no me dejen dormir.

—¿Qué es esa manera de hablarle a tu madre, Dante?

Me quejo y miro mi teléfono, odiándolo.

—Lo siento, mamá. No me fije en quien era. ¿Qué necesitas?

Si estuviera aquí ya estuviera jalando de mis orejas.

—Tu prometida llegará mañana. Quiere conocerte —chilla, y juraría que está saltando en un pie.

La emoción de mi madre es imposible que se me contagie. No sé cómo espera que me sienta igual que ella, luego de haber sido presionado por papá para que aceptara este absurdo negocio.

—¿Y qué quieres que haga?

—Pues lo mínimo que se hace en estos casos, Dante. Ir a recibirla —dice, o gruñe.

—Estaré ocupado todo el día... pero le diré a Arthur que vaya por ella —añado rápidamente, sé que es capaz de reñirme y es muy tarde para soportar mierda por una mujer a la que no conozco.

—Muy bien, cariño —dice complacida—. Mañana tendremos una cena en casa. Muero por conocerla. Dicen que es hermosa.

—Sí, ajá. Mañana hablamos, mamá. Que descanses y saludos a papá.

Corto y me acomodo para conciliar mi sueño una vez más. Este absurdo matrimonio por conveniencia me está jodiendo, pero todo sea por mi familia. Mis padres me han prohibido andar con mujeres públicamente para no “dañar” la imagen de ambas familias. Como si no me conocieran.

¿Qué mierda se supone que tengo que hacer ahora?

Espero que esa esposa sirva de algo y por lo menos me abra las piernas. 

¿Para qué más sirven las mujeres?

[…]

La señora Hope me deja mensajes por doquier como recordatorio de la llegada de mi futura “esposa”, porque con mi madre y con Lina no es suficiente de mujeres jodiendo a mi alrededor. Paseo por los diferentes proyectos en el área de desarrollo y superviso los avances más de cerca. Es una lástima no tener el tiempo suficiente para trabar aquí, donde está la emoción, y ahora sólo deba estar tras un escritorio firmando papeles y en reuniones con idiotas que creen saber más que yo, cuando la única tecnología que conocen y manejan son sus celulares.

Estoy satisfecho con mi vida, con todo lo que he logrado en los últimos siete años por mi cuenta. Aún no había terminado la universidad cuando, en aquella feria de ciencias patrocinada por Stone Robotics, mi actual competencia, gané el dinero con el que empecé mi empresa al crear un intercomunicador tan pequeño como la uña de un bebé. Es una lástima que esos idiotas se hayan quedado con mi invento. Pero no esperaban que de esta cabeza salieran aún más ideas geniales.

—Tienes que mejorar el tiempo de respuesta de la interfaz —le digo a Chad, uno de mis desarrolladores—. Debe ser instantánea la respuesta o no servirá.

El chico asiente y ruedo los ojos cuando se sienta y mira el código fuente como si fuera una serpiente pitón a punto de estrangularlo. Le arrebato el teclado y me ocupo yo mismo de estudiar y modificar las líneas pertinentes.

—Nunca dejarás de ser un niño con sus juguetes —dice una voz demasiado conocida, que me hace rodar los ojos—. No irás a recoger a tu prometida al aeropuerto por estar aquí con tus tonterías.

Las cabezas de mis desarrolladores rotan hacia mí con una velocidad inquietante. Ojalá no les haya dolido el cuello.

Sin dirigirle una mirada a mi padre, le devuelvo el lugar a Chad y le dejo terminar lo que empecé. Tomo mi saco y me lo pongo antes de mirar a mi padre. Frederick “insensible” Williams.

Mi padre es un hombre imponente, no tan alto como mi hermano o yo, pero la dureza de sus facciones lo hacen ver intimidante. Nunca habla de más, pero sabe muy bien como lastimar a las personas con palabras directas. Sé que conmigo es más suave que con mis hermanos, por alguna razón desconocida para mí, pero no me agrada que se inmiscuya en mis asuntos, sobre todo si es concerniente a mi adorada empresa. Desde que era un niño, siempre ha pensado que mis inventos son una pérdida de tiempo y permitió que abandonara la universidad por un año para que emprendiera mi proyecto, seguramente creyendo que correría a él con el rabo entre las patas a pedirle ayuda. Esa es la manera como mi hermano maneja su vida, no yo.

—Es un gusto verte también, papá. —Sonrío sin gracia, gruñe y levanta una de sus pobladas y canosas cejas—. ¿Qué te trae por aquí?

Salimos del área de desarrollo y subimos al elevador privado de mi empresa. En este edificio hay otras empresas, pero compré la exclusividad de un elevador para mi empresa y mis empleados, así no tener que compartirlo con la constructora de James, el bufete de Christopher o la agencia de modelos de Joseph. Necesito tener la mayor seguridad posible y, que personas ajenas logren tener acceso a mis pisos, no me agrada nada.

Al salir del elevador, en el quinto piso donde está mi oficina, la señora Hope se levanta y saluda a mi padre con familiaridad. Carol Hope ha estado a mi lado desde el primer momento en que abrí las puertas de este lugar hace siete años, en realidad solía ser secretaria de mi padre y mi hermano la despidió por su edad. No entiendo cómo puede preferir una piernas largas, juveniles y bien torneadas, a la experiencia. Bien, debo callarme porque en eso nos parecemos mi hermano y yo. La señora Hope está aquí porque mi madre me lo pidió. Fin.

—Arthur se ha ido al aeropuerto —dice ella y asiento.

—Que regrese aquí una vez termine.

Mi secretaria vuelve a su silla y entro a mi oficina seguido de mi padre.

—Nos estás haciendo quedar mal con la familia Blake, Dante.

—No veo en qué.

Tomo asiento y lo observo con tranquilidad.

—Debiste ir tú mismo por ella. No es de caballeros…

Sonny en la línea, dice que es urgente —anuncia mi secretaria y no lo pienso dos veces. Lo que sea para callar las quejas de mi padre por no haber ido al aeropuerto para recoger a una desconocida, porque ni fotos hay de ella en la internet.

¿Qué tipo de persona desquiciada es como para no tener al menos una jodida red social?

Sonny me habla del jugoso contrato con la empresa informática VeraSoft, en Alemania. Nada me emociona más que los retos que me imponen. Hace mucho no tenía en qué centrar mi mente y abstraerme en mi propio mundo, sin padres acosadores, matrimonios arreglados o mujeres exigente en mi vida. Sólo yo, mi computadora y mis herramientas. Manejar la empresa no es nada divertido.

Empiezo a reír y mi padre parece desesperarse. Se levanta dándome una fría mirada y se aleja.

—Papá —llamo y tapo el auricular, me mira irritado y evito sonreír—. ¿Cómo se llama la mujer?

Sus fosas nasales se dilatan violentamente y rio con ganas. Él y mamá son tan fáciles de atormentar.

—Gracioso —gruñe y se va, estrellando la puerta con fuerza.

Ya le prometí casarme con esa mujer de las cavernas, aunque su mejor opción hubiera sido Daniel. No veo qué más explicaciones le deba.

—¿Qué tal tu nueva conquista? —pregunta Sunny con burla. Incluso a mis amigos debo mentirles. Mi padre me deberá una muy grande—. No puedo creer que salgas con alguien a distancia. Como si soportaras mucho tiempo no estar entre las piernas de una…

—Un hombre puede cambiar —mofo.

Suelta una carcajada que, reconozco, me hace sentir estúpido. No soy patán con las mujeres, cosa contraria piensa mi hermana, y tampoco me gusta jugar con ellas, eso es cosa de mi hermano; así que, por qué no intentar hacer algo con mi vida.

Bah.

El simple pensamiento me hace reír.

[…]

En cuanto la señora Hope me avisa de la llegada de mi chofer, le digo que lo haga pasar inmediatamente. Veremos qué información tiene para mí. ¿Será que parece una lagartija o una ballena?

Es muy intrigante este misterio.

Arthur pasa y se sienta frente a mí.

—Dime —exijo, presa de la inquietud.

—Recogí a la señorita Blake a la hora acordada y la llevé a su hotel, tuve listo el Chenin Blanc Casa Madero del 2012 que usted sugirió, aunque tuvo que soportar el tráfico de la ciudad.

—Debió importunarte con sus quejas, me imagino.

—Para nada, señor —contesta, como si estuviera complacido—. Es una señorita muy tranquila, no habló durante el trayecto.

—¿Nada? —pregunto aún más intrigado—. ¿Es muda? ¿Tiene algún problema mental?

—No es muda y en cuanto a lo otro… —se remueve incómodo y me mira con una mueca—. No noté nada extraño en la señorita.

—No creo que mis padres hayan arreglado algo bueno para mí. Debe tener una falla. ¿Acaso tiene media cara caída?

Arthur reprime su risa, pero niega mi idiotez. Es que algo malo debe tener esa mujer, quizás pueda lograr detener este absurdo sin problemas. Debería ser Dany quien debería estar haciendo esto, es quien trabaja en la empresa de papá, pero es cierto que no confían en él lo suficiente.

—¿Cómo es ella? —inquiero.

—Cordial, tranquila…  Parece buena una muchacha.

—¿Sólo eso?  ¿Y físicamente? —pregunto y lo escucho carraspear.

—Es linda, señor.

Entrecierro los ojos al notar cierta profundidad en la voz del hombre. Está nervioso por esa mujer.

¿Qué le habría hecho a mi guardaespaldas, como para ponerlo en ese estado?

Le ordeno retirarse y le recuerdo la hora de la cena, que ahora ha sido cambiada a un lugar tranquilo e íntimo, especial para conocer a la mujer con la que se supone, he de casarme dentro de un mes. Vaya.

Aún no aviso a mis padres de ello, pero no creo que se molesten. Esta es una ocasión perfecta para conocerla y decidir si sigo con la farsa, de lo contrario, se la pasaré a mi hermano.

Ya está acostumbrado.

[…]

Le agradezco a Arthur en cuanto se detiene frente al edificio donde vivo en Central Park este. Él debe ir a buscar a la señorita en cuestión al Grand Hyatt y yo llegaré caminando a mi destino. A mi trágico e inconsolable destino.

—¡Vas tarde! —grita Lina una vez abro.

—Déjame llegar a mi casa, mujer —me quejo y ella ríe—. Llama a mi madre que llevaré a Brianna Blake a cenar, solos ella y yo.

—No soy tu secretaria, pobre de Carol. Soportar a este niño idiota que se esconde de su madre. ¿Has escuchado eso, Agnes?

—Perfectamente, querida Lina.

Me quejo al ver a mi madre salir de la cocina, por donde huye Lina a terminar su trabajo en medio de sus estruendosas carcajadas. Nada nunca es perfecto.

—Hola, mamá —me quejo y la veo rodar los ojos.

—La llevarás a casa, Dante. No quiero que le hagas algún desplante a esa dulce niña…

—Ni siquiera la conoces, puede ser una bruja, o una encantadora de serpientes. —Mamá me lanza un cojín y rio—. Que violenta estás. Demasiada violencia, mujer.

—Si al menos tuviera hijos normales.

—No como por la axila, mamá —digo ofendido.

Gruñe desesperada por mis bromas y me compadezco. Me acerco con una sonrisa y rueda los ojos antes de abrazarme.

—Sólo quiero conocerla, ver qué tipo de persona es. Alrededor de ustedes sería demasiado encantadora y no lograría conocerla bien.

Sé que ella entiende mi punto, lástima que obedezca y apoye a mi padre en cuanta idiotez quiera hacer para amarrarnos a él y tenernos controlados. Mi madre suspira y besa mi mejilla antes de separarse de mí, pero no está nada segura de que no lo arruinaré.

—Nada de bromas —me punta y asiento—. No llegues tarde y trátala bien.

—Lo prometo, mamá. Ahora vete, necesito ir a mi sesión de belleza.

Golpea mi abdomen y se va dando largas zancadas.

—Mañana sí los esperamos —sentencia antes de desaparecer.

[…]

No hay nada como romper tu rutina para cumplir con una obligación que no te pertenece. Camino con calma las diez calles que me separan del Time Warner Center, sabiendo que ella aún no está siquiera en camino.

Me quito el abrigo y lo entrego antes de entrar, me informan que el reservado está listo, pero no quiero entrar hasta que ella no llegue. Me siento en la barra y pido un trago para calmar la ansiedad. La presión que mi padre siempre ha puesto sobre mi cabeza, con la excusa de ser su preferido, siempre me ha molestado, incluso cuando se inmiscuye en mis negocios pretendiendo saber de qué va mi trabajo, como si ofrecer entretenimiento y telecomunicaciones fuera lo mismo que desarrollar tecnología de vanguardia.

Ahora no sólo estará controlando mi empresa, sino también mi vida personal.

Esto no me divierte ni un poco, así intente mantener mi ánimo. Es increíble la manera como las personas pueden manejar tu vida sin que te den opción de negarte. En mi caso es el respeto que les tengo y el conocimiento de que tengo que apoyar a la familia en todo momento. Esa fue la condición para recibir el apoyo de mi padre hace siete años. Ahora lo estoy pagando, perdiendo mi libertad.

Fue como venderle mi alma al diablo.

Escucho una peculiar risa, gruesa y seductora, que reconozco perfectamente. Me giro para evitar que me vea y camino al baño con el firme deseo de esconderme de Dayanne. Miro antes de desaparecer y la veo entrar del brazo de un sujeto de la edad de nuestros padres. Quien diría que esa mujer hace unas semanas me estuvo rogando y asegurando amarme, persiguiéndome a todo lugar que asistía, desde comidas de negocios hasta salidas con mis amigos. Las mujeres tienen un peculiar sentido del amor.

Pero al final el idiota patán insensible soy yo.

Salgo del baño quince minutos después, sabiendo que voy tarde al recibir el mensaje de Arthur de su llegada, justo detrás de la insoportable mujer que me acosa.

Detengo a un mesero, que parece acalorado y risueño, y le pregunto por mi reservado.

—Su cita ha llegado —dice haciendo desaparecer su sonrisa—. Permítame acompañarlo.

Lo sigo por el pasillo alfombrado, alejándome cada vez de toda posibilidad de ver a la que se hace llamar mi exnovia.

El hombre abre la puerta para mí y me permite entrar. No tardo en enfocar a la única persona dentro de la habitación, ni mucho menos apreciar lo que tengo delante de mí. Un cuerpo delgado, firme y con suaves curvas que podría hacerme babear. Una pequeña cintura haciendo aún más pronunciadas esas caderas anchas y carnudas que provocar morder. Su piel tostada, seguramente por el sol de su ciudad, la hace parecer una bella estatua de bronce.

¿Qué será de mi vida?

Que tenga nariz de elefante y ojos de cuasimodo, por favor.

El sujeto que sostiene la puerta suspira sobre mi nuca y lo miro ceñudo, pero el sujeto parece embrujado por la visión delante de nosotros. Resoplo y tomo la puerta encarándolo para que sea sólo a mí a quien mire. Tiene las agallas de intentar esquivarme para seguir admirando a la mujer que será mi esposa.

—Gracias —espeto y se sobresalta, como si no me hubiera notado.

—C.Con permiso —murmura y desaparece cual cohete de feria.

Niego y cierro la puerta con algo de fuerza, un poco exasperado. Al darme vuelta una vez más, me topo con unos preciosos ojos verdes intensos y duros que me provocan sonreír. No recuerdo la última vez que una mujer me impresionada de esta manera, sobre todo en mi pantalón.

¡Eh, que soy hombre!

Sus labios rojos esbozan una sonrisa que aparenta ser amable, pero su mirada no pierde el recelo. Joder, eso sólo la hace ver como una cosita perversa que podría arrancarme el corazón y hacerme pedazos con esos altísimos zapatos que lleva.

Dios, esas piernas.

Carraspea volviendo mi atención hacia su rostro, sonrío a modo de disculpa. Rio entre dientes cuando rueda los ojos y estira una delicada mano hacia mí, como si se presentara ante algún futuro socio. Eso somos en realidad.

Aun así, no estaba preparado para enfrentarme a una imagen como esta.

—Brianna Blake —se presenta, haciendo resonar una potente voz monótona y calculada.

Es como escuchar a James hablar, siempre tan aburrido. James es un sujeto de mi edad, quizás un poco menor, pero su estatura de gigante y esos músculos de luchador le hacen ver mayor, está tan dañado y dolido con la vida que apenas y lo soportamos. Pero esa voz en ella se escucha tan excitante que, literalmente, mis piernas tiemblan.

—Yo soy Dante, tu futuro esposo —digo y tomo esa pequeña mano para besarla.

Tan pronto como mi boca rosa el dorso de su mano, la retira sin parecer hostil, sorprendentemente, y toma asiento en una de las dos sillas dispuesta. Sonrío encantado, como niño en dulcería.

Un nuevo reto. Genial.

Corro a sujetar su silla y sonrío cuando me agradece con un gesto displicente.

Y ahora quiero estrangularla.

Observa cada uno de mis movimientos, desde que desabotono mi saco para sentarme, cuando cruzo mis piernas y recuesto mi espalda para estar más cómodo y admirarla.

—Lástima las circunstancias —digo, y ella arruga el ceño.

—¿Por qué? —pregunta sin comprender de qué hablo. Sonrío y vuelve a rodar los ojos—. Creí que cenaríamos con tus padres.

Si, en definitiva, es una lástima conocerla en estas circunstancias. Lo bueno es que ella será mía por un período de tiempo y sería un pésimo cristiano si desaprovechara una oportunidad como esta.

—Quería conocerte antes de seguir con esto.  Cerciorarme de que no estuvieras loca.

Me complace escucharla reír. Punto para mí.

—Tampoco pareces tan malo.

Que tierna.

—Entonces creo pertinente conocernos mejor… más a fondo.

Se cruza de brazos y mis ojos bailan emocionados cuando sus pechos se levantan regalándome un gran banquete de lo que pronto será mío.

—Céntrate —me exige, sin sonar dura, y lo hago, como un perrito obediente.

Me presento oficialmente y ella me observa atentamente mientras hablo de mi familia, de mi pasión por mi trabajo y tonterías que les gusta saber a las mujeres, al menos hasta que se aburrió de mi burla, lo que aparentemente no la molestó. No como pasa con mis padres o mis amigos que siempre quieren que me calle. No se inmuta cuando digo lo mucho que me gustan las mujeres.

Ella habla también, siguiendo el hilo de mi presentación, con una voz baja sin dar mucha información sobre su trabajo, el nombre de sus padres y su prima, pero la estocada que atraviesa mi corazón es el escucharle bromear diciendo que a ella no le gustan las mujeres.

¿Cuánto tardan dos personas en enamorarse?

Rio, realmente lo hago.

—No puedo creer que tengamos algo en común —digo “sorprendido” y vuelve a asaltar mi integridad mental cuando me guiña un ojo.

Nunca una mujer se había visto más caliente siendo malvada.

—¿Realmente te quieres casar?

La puerta se abre interrumpiendo el momento, extraño y ameno, dejando a la vista al mismo mesero. Nos entrega los menús, estrujo mis puños al ver cómo mira a Brianna, como si yo fuera un idiota pintado en la pared. Ella lo ignora con su atención enfrascada en el menú.

¿En qué jodido mundo vivimos?

Sirve el vino de Brianna intentando captar su mirada, cuando sirve el mío murmuro sólo para él.

—¿Crees poder competir?

Me mira, sorprendido por haber sido cogido infraganti, y niega a sabiendas de lo que hablo. El imbécil desaparece cuando le digo que lo llamaremos en cuanto hayamos decidido.

—Ya había pedido la cena de esta noche, pero será segunda opción, no sé qué prefieres comer. Comida de vacas, ¿quizás?

Sonríe, divertida, y cierra el menú sin sentirse ofendida por mi comentario.

—Creo que tu elección estará muy bien.

Sonrío complacido y hago llamar al hombre. Siento que no aparta su mirada de mí, sin ninguna vergüenza, más bien como si estudiara a alguna rata de laboratorio. No le doy importancia, puede mirar y deleitarse cuanto desee.

—¿Tenías novio antes de todo esto?

—No... Y en cuanto a tu pregunta anterior, la respuesta es No. Pero es mi herencia la que tengo que cuidar.

—Entiendo.

Doy un sorbo a mi copa sin apartar la mirada de la suya. Me gustaría saber qué es lo que piensa, saber cómo funciona esa cabecita calculadora y atenta. Ella es diferente, lo sé, y me intriga. No se exaspera, no alza la voz, parece que llevara un palo clavado hasta lo más profundo de ese precioso trasero.

—¿Algo que compartir? —pregunta interrumpiendo mi risa. Niego y carraspeo—. ¿Y tú?

—Mis padres me están obligando —digo con simpleza.

—Siempre me puedo casar con tu hermano. Así no sufrirás por una obligación.

Eso ha dado justo en el centro de mi orgullo. Aprieto la mandíbula conteniéndome para no decirle ciertas verdades que sé la molestarían. ¿Mi hermano mejor que yo?

Sí, definitivamente debería casarse con él.

Justo a tiempo llega nuestra comida. Brianna sonríe para mí antes de guiñarle un ojo al imbécil que espera la oportunidad para saltarle encima. El sujeto se sorprende y deja caer las bandejas desesperándome con el choque del metal azotarse contra el piso.

Y compruebo qué tan bruja, malvada y perra puede llegar a ser una mujer cuando empieza a comer como si todo estuviera perfecto.

Por mi propia voluntad, cenamos en completo silencio y me limito a contestar monosílabos a sus preguntas. Parecía satisfecha con mi actitud, como si buscara algo y se lo he dado sin saber qué mierda es. Cualquier diversión que hubiera tenido con ella se ha esfumado en un simple y patético segundo. La observé disfrutar su cena admirando las luces del Columbus Circle.

[…]

Camina adelante mientras salimos del área privada y no me contengo para mirar su trasero. Como si fuera un imán, levanto mi mano y acaricio su espalda con mis dedos, deslizándolos suavemente. Se sobresalta y se aleja de mí como si la hubiera golpeado.

—No lo vuelvas a hacer —dice con un tono amenazante que provoca mi sonrisa.

—¿Por qué? —susurro acercándome a ella.

Por alguna razón sé que no armará un escándalo. Ella es como mi padre en ese sentido, le importa el qué dirán. Tomo su cintura con fuerza y la pego a pecho, sin darle la opción de huir a menos que quiera un escándalo.

Toda su maldad se ha ido de repente y me siento más intrigado por ella que cuando llegué. Ella es diferente, lo reitero.

—Dante mi am... —escucho y me quejo, pero no suelto a Brianna.

Dayanne mira a mi “novia” con desprecio, nada nuevo en ella, y Brianna se relaja contra mi cuerpo, como si sólo necesitara un reto para estar en su zona de confort. Algo nuevo he aprendido de ella. Le gusta ser retada.

Dos cosas en común.

—¿Cómo estás, Dayanne?

—¿Quién es esta? —pregunta la rubia.

Suavemente deslizo mis manos por la espalda desnuda de Brianna, escabullendo mis dedos dentro de su vestido, los bellos de su espalda se erizan con fuerza y se sonroja. Al ver su expresión controlada quisiera reírme por lo afectada que está.

—Ella es mi prometida.  Brianna Blake.  Nena, ella es Dayanne Simmons —digo, apretándola un poco más contra mi cuerpo hasta sentir el aroma de su perfume debilitarme. Aprovecho esta pequeña ventana de tiempo, con la plena consciencia de que me pateará las pelotas al salir de aquí, pero valdrá la pena cualquier dolor. Así que beso debajo de su pequeña oreja. El leve estremecimiento de su cuerpo lo siento en mi pene.

Oh, Dios.

—Su exnovia —dice la rubia.

Ya la había olvidado.

—Qué bueno que tengas claro tu lugar en este triángulo.

Empiezo a toser, sin poder creer que haya dicho eso. Esta mujer es una especie en extinción.

—¿Me dejaste para comprometerte con esta? Dijiste que nunca te ibas a casar.

—Patética —murmura Brianna, muy bajo, y sonrío.

—¿Quieres ir a casa, amor? —pregunto, ignorando a Dayanne, que ya está fuera de sus cabales. Ya personas a nuestro alrededor empiezan a prestar atención ante el penoso espectáculo que está armando.

—Sí, cielo. Estoy agotada.

Hey, yo también me lo creí.

Me acerco lentamente esbozando una pequeña sonrisa y le da un casto beso, frunce el ceño, aún más sonrojada. Con un gesto de su boca me muestra lo poco agradada que está. Pero a mí sí me ha gustado.

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