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Una vocecilla interna me dice que he metido la pata hasta el fondo.

Me siento en el bordillo de la acera y me envuelvo las rodillas con los brazos. Sam parece realmente cabreado, pero no sé si es conmigo o con lo que acaba de suceder, porque en este momento yo estoy muy enfadada conmigo misma.

Todo esto ha sido culpa mía, yo permití que llegara demasiado lejos. Ahora más que nunca sé que no podemos volver a vernos, no al menos solos, aunque lo mejor será no tener que vernos más, en ninguna circunstancia.

Finalmente, se sienta a mi lado y agacha la cabeza mientras se frota la nuca como siempre hacía cuando no sabía que decir. Yo tampoco sé que decir, todo ha sucedido demasiado rápido, como una ráfaga de viento que deja una culpabilidad como único testigo.

—¿Estás enfadado conmigo? —pregunto en un susurro. Tengo la voz áspera por haber

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