CAPÍTULO 3. PERSISTENCIA

Escuché las palabras de la chica, aunque su pronunciación fue entrecortada habló claramente mientras me observaba con esos hermosos ojos ámbares y aunque trataba de ser firme, podía percibir su cuerpo temblando, allí me di cuenta de que la estaba intimidando y eso era algo nuevo en mi vida, porque las mujeres me saltaban encima y buscaban persuadirme utilizando sus atributos, pero ella no, a pesar de tener miedo se enfrentaba, y eso hizo revelar en mi interior un instinto protector, me provocó tranquilizarla, decirle que todo estaba bien y que no le haría daño. Me impresionó mi reacción y ese instinto de justificarme ante ella que surgió en mí. Moví mi cabeza negativamente como si con eso conseguiría sacudir esas ideas que no eran del todo de mi agrado y cuando me percaté estaba pidiéndole disculpa.

—Lo siento Sophía, mi intención no fue ser grosero. Empecemos de nuevo ¿Te parece? —Extendí mi mano en señal de pacto y tomé la de ella, me impresioné de las pequeñas chispas que emanaron nuevamente de nuestras manos al rozarnos, esta vez fui yo quien la aparté enseguida y simulé diciendo—Pediré mi cena para acompañarte—pero ella no me respondió, solo movió imperceptiblemente su cabeza y sus manos que estaban sobre la mesa comenzaron a temblar.

Eso no me gustó, la quería temblando de deseo, no de miedo. Había sido muy brusco, tenía que tratar de remediar la situación si la quería tener hoy mismo en mi cama.

—Sophía ya te pedí disculpas, no me hagas caso—pronuncié atrapando su mano nuevamente, pues ella intentó apartarla de mí—solo ladro, pero no muerdo—, nuestros ojos se encontraron y ella intentó apartarlos, pero fui más rápido, la tomé por el mentón con la otra mano y la retuve por unos segundos obligándola a observarme—No me tengas miedo por favor—pronuncié con voz ronca y ella abrió los ojos de par en par como sorprendida.

—Lo s-siento, pero ya no q-quiero que esté en mi m-mesa—pronunció nerviosa mientras su rostro se teñía de carmesí.

—Veo que eres una chica rencorosa, no quieres perdonarme mi error de hace un momento, te confieso que pensé que tu curiosidad obedecía a un tipo de interés de saber si tenía o no dinero—expresé pensando que de esa manera le daría confianza y bajaría la guardia por mi sinceridad, pero logré el efecto contrario, su hermoso rostro esbozó molestia y me habló con una voz que a pesar de su delicadeza sonó dura.

—El dinero no lo es t-todo, importa es la calidad del ser humano. Lamento que usted no lo sepa. Además solo b-uscaba tener un tema de c-conversación con usted—al pronunciar esas palabras me observó desafiante, como buscando que la debatiera. Pero esas no eran para nada mis intenciones. Todo lo contrario, buscaba la manera de apaciguar su enojo para que me diera la oportunidad de devorar esa boca que se exhibía frente a mí como una dulce cereza. Moví mis piernas tratando de encontrar una posición cómoda para aquietar a mi compañerito que había reaccionado ansioso por estar entre las piernas de la chica.

—Claro que lo sé Sophía, por eso te pido nuevamente disculpa por mi reacción, quiero conocerte, estoy seguro de que vamos a llevarnos muy bien—en la cama creo que de maravilla pensé distrayéndome y llevando mi vista a su top que dejaban ver unos voluptuosos senos que me imaginé tocando y probando. Me obligué a volver a la conversación—pues tenemos pensamientos coincidentes. Como somos amigos nuevamente, te contaré de mi vida, soy italiano específicamente de Roma, estoy en Barcelona por algunos asuntos de mi trabajo—respondí sin darle mayores explicaciones, pues estaba negado a dejarle ver mi posición social, me resistía a que fuesen detrás de mí por mi dinero, eso siempre me incordiaba y me causaba gran desagrado, ni siquiera conocer mi estado civil las apaciguaba.

Aunque a simple vista la chica aparentaba inocencia, no debía confiarme, porque las arpías siempre se presentaban así, con un semblante de ingenuidad y de falsa modestia con el cual terminaban engañando a los hombres incautos, pero yo ya no lo era.

Nunca debía olvidarme de eso, lo tenía muy claro, me costó sudor y lágrimas darme cuenta y gracias a eso me convertí en el cínico que ahora era, pero había aprendido la lección hacía mucho tiempo, las mujeres eran seres en quienes no se podía confiar. Por eso mis únicas intenciones eran llevarme a la jovencita a la cama y no volver a dirigir mi mirada hacia ella, después de un buen revolcón que apagara mi fuego y si te he visto no me recuerdo.

Esta pequeña, aunque parecía inocente, lo más probable es que todo fuera un teatro, seguro era astuta y ese rostro que exhibía solo se trataba de una imagen que quería proyectar y aunque normalmente me desagradaban las mujeres que querían aparentar inocencia, no pude evitar sentirme atraído por ella como una luciérnaga a la luz, con una atracción como nunca antes había sentido por una mujer… bueno solo por una, mi querida esposa, pensé con una mueca. Pero no era momento de pensar en ella y menos ahora cuando tenía a una linda chica bastante deseable para pasar el tiempo.

Comencé a hablar con ella de todo un poco sobre todo de arte y allí miné sus defensas, sonreí complacido cuando vi su reacción a mi tema de conversación —Sophía ¿Has ido a Italia? —Empecé a interrogarla.

—Lamentablemente no, pero me gustaría ir un día—habló mientras sus ojos se iluminaban—es un país con una historia muy interesante— expresó sonriente y hasta dejó de tartamudear.

— ¿Cómo lo sabes si nunca lo has visitado? —La interrogué aunque tenía mis leves sospechas de las razones.

—Me fascina el arte romano. Sus manifestaciones fueron influenciadas primero por los etruscos y luego por los griegos. Por supuesto me atrae la arquitectura de la antigua Roma, el coliseo de Roma, el panteón de Agripa, la Basílica de Majencio, el arco de Septimio Sever. Y evidentemente la pintura, debido a mi condición de pintora, es lo que más me entusiasma de la antigua Roma. Mis pintores preferidos son Cayo Fabio, Publio Elio Fortunato, Quinto Pedio, que fue un pintor romano sordo que murió siendo adolescente y sabes que es la primera persona registrada en la historia en su condición —Sophia hablaba con pasión, era como si hablar del tema la llenara y yo aproveché eso a mi favor, contándole de mis experiencias con el arte.

Y así seguimos conversando por horas sin darnos cuenta de que las botellas de vino vacías se fueron acumulando en nuestra mesa. Mientras hablábamos de muchos temas interesantes que a mí también me encantaban, le conté que era un coleccionista de todo tipo de arte, pinturas, esculturas, hasta casas construidas en diversos estilos.

Ella me fue embrujando con su amena conversación, con su sonrisa, me cautivó porque se reía mucho con una expresión limpia, su ingenua mirada me cautivó y cada momento que pasábamos juntos me gustaba más, y lo peor es que estaba creando una conexión con ella la cual me negaba a sentir.

Me imaginaba besándola, recorriendo su cuerpo y teniéndola debajo de mí jadeando y pidiéndome que la poseyera, la excitación de mi pene era incontrolable, cerré los ojos por un momento y me vi devorando sus tetas cuan hambriento.

Cuando abrí los ojos la encontré infraganti mirándome con deseo, se puso nerviosa y en un movimiento brusco de sus manos volcó la copa y la botella, llenando su ropa, mi traje y mi camisa de vino tinto, se puso roja de la vergüenza y profirió una disculpa.

—Lo s-siento —balbuceó ella.

—Tranquila, no te preocupes, estos accidentes pasan—le dije para tranquilizarla porque se veía realmente avergonzada.

Tomé una servilleta y me levanté para limpiarme, pero justo cuando lo estaba haciendo ella también se alzó de su asiento, golpeándome el mentón. Sin darme cuenta proferí una maldición en italiano — ¡Maledizione! —Al ver su rostro desencajado y la preocupación que expresaba me sentí mal por ella, quien no dejaba de disculparse.

— ¡Ay Dios! Lo siento, por favor discúlpeme, le juro que no era mi intención lastimarlo, ¡Qué vergüenza! ¡Lo siento mucho!—seguía diciendo como un mantra mientras extendía su mano hacia mi mandíbula acariciándomela, sus ojos humedecidos más de lo debido, sus lágrimas estaban siendo retenidas por sus pestañas y a punto de brotar.

Sentí lástima por ella. Había vuelto su inseguridad y su actitud asustadiza, no podía permitirlo. Además su mano en mi mentón me hizo sentir un cosquilleo en mi cuerpo, que estaba a punto de hacerme explotar. Sin pensarlo más y para lograr que dejara de disculparse bajé la cabeza y posé mi boca en sus labios, probando de las profundidades de su boca, mientras un colosal incendio se desataba en mí.

"El placer supremo es obtener lo que se anhela". Tales de Mileto.

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