CAPÍTULO 3

Es un gusto… ¿tenerte?

Media hora después Malena intentó hacer memoria. Arrellenada en el asiento trasero del lujoso Cadillac negro, se preguntó si habría estado soñando o si aquel hombre realmente había dicho que era un gusto “tenerla”.

La había cargado durante casi medio kilómetro sin que uno solo de sus músculos se alterara, hasta que habían llegado a una avenida conocida donde un chofer uniformado los esperaba con la puerta del auto diligentemente abierta. Debía pasar de los treinta y cinco años y su complexión no era precisamente la de un simple conductor, y se había acercado solícito para librar a su jefe de la carga que suponía la muchacha, pero Ángelo lo había detenido con un gesto de conformidad.

— No te molestes, Dago. Yo me haré cargo de esto. Llévanos al hotel.

La había metido en el asiento trasero y se había quedado muy pegado a ella, abrazándola, frotando sus brazos con vehemencia en tanto la calefacción del auto la hacía entrar en calor. Malena respiró hondo cuando sus dientes dejaron de castañear y levantó la vista con disimulo para observar al hombre que estaba a su lado.

Como le había dicho, era indudablemente atractivo. Alto, corpulento, aunque sus facciones carecían por completo de la tosquedad de los hombres fuertes. La línea de su mandíbula era firme y poderosa. Tenía el cabello rubio con un corte elegante y sofisticado y unos ojos azules que, estaba segura, habían logrado engatusar ya a más de una ilusa.

Era un hombre de mundo en todo el sentido de la palabra, y definitivamente a sus treinta años tenía más cara de magnate que de corredor de rally.

— ¿Te sientes mejor?

— Sí, gracias. — respondió nerviosa, de alguna forma la perturbaba tenerlo tan cerca, pero no tenía por norma ser desagradecida.

— No te preocupes por tus cosas. Te las repondré todas mañana. ¿Llevabas alguna identificación o documentos importantes? Porque si es así deberíamos avisar a la policía…

Ella se giró visiblemente molesta.

— No te ayudé para que me retribuyeras de ningún modo. Por fortuna nada de verdadero valor se perdió esta noche… salvo un poco de orgullo de los dos… — apretó los labios — Y no, no llevaba documentos o mi identificación. A estas horas de la madrugada no se lleva encima cosas que puedas darte el lujo de perder en un asalto. ¡Pero por supuesto tú no sabes eso!

Ángelo abrió la boca para contestarle pero en ese momento el auto se detuvo y supo que habían llegado al hotel. Abrió la puerta sin esperar por Dago y tiró de ella para hacerla salir.

— ¿Qué es esto? — inquirió Malena poniéndose a la defensiva, sin estar muy segura de dónde se encontraba.

— Es el sótano del hotel Seven Stars Galleria. Entramos por aquí para poder evitar a la prensa, señora. — se apresuró a informarle el chofer, tratándola con el grado de respeto y seriedad que aquella mujer emanaba a pesar de su juventud.

Malena arqueó una ceja y le dirigió a Ángelo una mirada interrogante. ¿Aquello de que era un gusto “tenerla” significaba que pretendía llevársela a su suite sin siquiera pedirle opinión al respecto?

Resultaba evidente que el italiano estaba adaptado a hacer su voluntad y a gritar a los cuatro vientos su derecho de dominio, pero estaba segura de que jamás se había topado con una mujer de su calibre.

— ¿Aquí te hospedas? — preguntó como al descuido, sin evidenciar ni un ápice de su preocupación.

— Sí, me quedo en la suite del ático.

— No sabía que este hotel tuviera un ático.

— No para todo el mundo. — aclaró él.

— Me imagino. Entonces, ya que te hemos traído sano y salvo — dijo sonriéndole a Dago — creo que ya puedo irme a casa sin cargo de conciencia.

— Me temo que eso no está en mis planes.

Ella perdió la sonrisa en un segundo y bajo la cazadora todos sus músculos se tensaron. En un instante valoró todas las posibles razones para que aquel hombre la hubiera llevado allí, y todas las maneras eficaces de salir de la situación sin llegar a la confrontación física.

En el ejército había tenido que lidiar más de una vez con varios oponentes, pero hacía ya mucho tiempo que intentaba, con mucho esfuerzo debía decir,

extirpar la violencia de su propia naturaleza.

— No tengo ninguna intención de quedarme.

— Pero yo preferiría que lo hicieras. — murmuró Ángelo — ¿Aceptarías por favor acompañarme a mi suite?

Malena evaluó en un instante talla, peso y complexión de los dos hombres.

— Puedo terminar de romper tu muñeca en cuestión de segundos y tu chofer tiene problemas en la rodilla derecha, bastaría un toque para que no pudiera caminar… — le advirtió viendo la confirmación de su evaluación en el rostro de Dago — Sabes que no podrías obligarme a ir si no quisiera ¿verdad? Ni siquiera los dos juntos.

Y era cierto.

— Lo sé. — suspiró el italiano echando atrás la cabeza con un ligero gesto de complacencia — Por eso te lo estoy pidiendo amablemente. Mira, si quieres irte puedes darle tu dirección a Dago y él te llevará a casa de inmediato. Estoy convencido de que no hay forma de obligar a una mujer como tú. Sin embargo, si pudieras intentar confiar un poco en mí, me gustaría que te quedaras esta noche conmigo. Quiero agradecerte que me hayas… salvado. — esbozó una sonrisa cálida llena de sinceridad — Si te quedas te invitaré a un café o a un chocolate caliente, conversaremos un poco y te haré una sustanciosa propuesta de trabajo. Luego, aceptes o no, podrás irte a tu propia habitación a descansar, cerrojo de por medio, hasta alrededor de las diez de la mañana. A esa hora podré conseguirte un par de zapatos y un abrigo decente y te enviaré a tu casa, sana y salva. ¿Qué me dices?

— Parece que lo tienes todo calculado.

— Todo. — aseveró él.

Ella arrugó el entrecejo mientras veía al chofer sentarse tras el volante a la espera de una orden. No sabía exactamente cómo reaccionar ante tan elocuente discurso, pero cuatro palabras se habían quedado grabadas en su mente: “sustanciosa propuesta de trabajo”. Y un repentino interés la hizo morderse los labios.

Trabajaba en una empresa de seguridad privada desde hacía seis meses, entrenando a los nuevos reclutas para toda clase de trabajos, pero en primer lugar la paga no era buena y ella necesitaba desesperadamente ganar más dinero; y en segundo lugar el exceso de tranquilidad ya estaba empezando a aburrirla.

— Míralo de esta forma: — argumentó Ángelo, decidido de cualquier manera a retenerla — vamos a estar solos los dos, y ya has demostrado sobradamente que eres capaz de… inutilizarme.

Y la certeza de aquellas palabras terminó de convencerla. Además, nunca había estado en un hotel como el Seven Stars Galleria, y una morbosa curiosidad la aguijoneaba. Era evidente que Ángelo llevaba allí a todas sus amantes, y se preguntó a cuántas de ellas les habría ofrecido trabajo.

— Bien, Di Sávallo. — aceptó — Me quedaré esta noche. Y no voy a hacerte ninguna advertencia porque estoy convencida de que ya sabes cuán lastimado puedes salir. ¿No es cierto?

— Por supuesto, señora. — admitió él, remedando el trato respetuoso de Dago, aunque resultaba obvio lo divertida que le parecía la situación.

¡Sí! ¡Para eso había ido a Milán! ¡Ahora sus vacaciones estaban realmente comenzando!

— ¿Quieres que te lleve hasta el elevador? No hay necesidad de que te ensucies los pies. — le propuso, aunque la verdad era que se moría por volver a tocarla.

— No, gracias. De todas formas ya me ensucié mientras intentaba salvarte el pellejo, así que el único remedio en este momento es un buen baño. Puedo perfectamente caminar hasta el elevador. — contestó ella, segura de que si lo dejaba tocarla las cosas se pondrían demasiado tensas. Los dos podían sentir una sensualidad cortante que los envolvía apenas se miraban a los ojos.

Ángelo hubiera preferido hacer alguna observación sobre el baño… pero se dijo que era demasiado pronto. No quería asustarla y perder los escasos centímetros de terreno que había ganado con aquella chica tan desconfiada.

— Como gustes. ¿Vamos?

Malena echó a andar frente a él con actitud resuelta, y ni siquiera se molestó en preguntarse cuáles eran las razones que la habían llevado a aceptar su proposición. Por lo general las mujeres no le decían que no, era difícil que alguna rechazara a un millonario y además famoso corredor de rally… pero por lo general las mujeres tampoco solían golpearlo, y eso hacía de Malena un caso excepcional.

En el breve trayecto hasta el hotel, mientras la estrechaba para transmitirle un poco de calor, se había descubierto haciendo maquinaciones para conservarla. De la forma que fuera, no le importaba, solo no quería perderla de vista porque esta chica prometía ser un gran alivio para sus tensiones.

Y ya que ella no mostraba estar interesada en su cama, tal vez otro método podría funcionar.

Durante los cinco minutos en que el elevador estuvo en movimiento ni siquiera se miraron. Cada uno parecía elucubrar sobre cuál sería el comportamiento del otro en las próximas horas, pero Ángelo fue el primero en decepcionarse: Malena no hizo un solo gesto de asombro al ver el grado escandaloso de lujo de la suite.

— ¿Te gusta? — intentó sonsacarla, buscando la misma expresión encantada que había visto en el rostro de tantas otras chicas.

— ¿Tiene una ducha donde pueda bañarme y una cama para dormir? — se limitó a preguntar ella sin mucho entusiasmo.

Si algo había aprendido en la milicia era a vivir con poco, con muy poco, y Ángelo estaba muy equivocado si pensaba que todos aquellos envoltorios de niño rico la inmutaban.

— Sí…

— Entonces me gusta.

¡Rayos! ¡Qué difícil era impresionarla! Así no iba a servir de nada que le dijera que aquel hotel pertenecía a su familia, eso iba a importarle tan poco como el nombre de su perro.

La vio quitarse la cazadora y avanzar hasta la ventana para mirar afuera. Era inusualmente bella, sensual… diferente.

— Si no te importa voy a ponerme cómodo. A tu derecha hay una habitación con su baño, puedes usarlo con toda confianza.

Malena frunció el ceño mientras lo veía desabrocharse poco a poco los botones de la camisa, pero Ángelo se apresuró a poner un parche a sus sospechosos pensamientos. A pesar de todo seguía incómoda.

— Hagamos un trato — le dijo acercándose — Esta noche, ni yo intentaré acostarme contigo, ni tú intentarás matarme.

Alargó la mano para cerrar el acuerdo pero ella lo observó con expresión de duda.

— Voy a serte sincero. Después de lo que pasó esta noche tengo un propósito para ti. Creo que puedo usarte para fines que a los dos nos serían muy convenientes. — aseguró — Y precisamente porque no quiero que escapes antes de que pueda hacerte mi propuesta es por lo que no tengo intención de tocarte ni un pelo. Por eso… y porque estoy seguro de que me romperías las piernas.

Sí, aquella era una razón que Malena podía entender. Ser usada para un fin, sabía lo que era eso, con eso podía lidiar. Estrechó la mano de Ángelo y la sacudió con fuerza.

— Trato hecho. Tú no me seduces y yo no te asesino. — y toda su desconfianza pareció esfumarse en un segundo.

Pero un levísimo gesto en los ojos del italiano la hizo juntar las dos manos alrededor de su muñeca, evaluándola.

— ¿Todavía te duele?

— Un poco. — admitió él — Pero no voy a llorar.

— Entonces hagamos algo: cuando te traigan mi café, pide también suficiente hielo. No quiero que termines demandándome por no poder conducir tu cochecito, de modo que cuando termine de bañarme me ocuparé de ti.

Y se encaminó a la habitación con una seguridad tal que dejó a Ángelo boquiabierto y ansioso.

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